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domingo, 26 de julio de 2015

DOSTOIEVSKIANA

Como aún (soy optimista) no renuncio a escribir minicrocrónicas de mi reciente (y aún soñado) viaje a Moscú y San Peterburgo, de momento anticipo sólo unas imágenes.
En San Petersburgo, en el Museo de Dostoievsky, ¡diana!, pues me encontré, a la vez, con estas dos figuras (reales, aunque parezcan estampas.
Esta pertenece  a una guía externa, que lideraba a un pequeño grupo de adeptos (así pude comprobarlo, en el recorrido) y que, salvadas las distancias... me parece muy ad hoc, pese al aire psicodélico.


Ahora bien, si bien la anterior figura me dio que pensar (porque la vi en movimiento y la seguí), lo que me tumbó fue esta otra ... la de la guardiana-burócrata....absolutamente  imperturbable. Así la encontré al entrar, y así quedaba cuando me marché.



Y es que ya había deambulado por el San Peterburgo de Dostoievsky. Pero es otra historia.

Únicamente autentificados como pertenecientes a Dostoievsky, este sombrero:








jueves, 16 de julio de 2015

LENINGRADO / SAN PETERSBURGO

"Celebro que te lo pases bien en Leningrado", me respondió mi hijo mayor (cuyo nombre de pila, por expreso deseo de él, no puedo poner aquí por aquello de los rastreos y bla bla bla... como sabéis), al mensaje que le envié desde...


Antes, había estado en Moscú, pero la ciudad y su mundo me arrastró. Volveré, sin duda, con mucho más tiempo (si no energía). Porque la dilapidación/destrucción allí ha sido la regla. Y hay multitud de espacios inaccesibles... no sólo por las distancias a recorrer entre un punto y otro sino porque están muchos de esos espacios inhabilitados (en reconstrucción). Aún así, con el tiempo, hablaré de algunos.


En cambio, en Leningrado/San Peterburgo... todo resultaba de una dimensión abarcable para una casi sexagenaria.
Quizás algún día llegue a escribir MI CUADERNO DE RUSIA. Porque hay infinidad de relatos, de cuando "el viaje a Rusia" era casi un imperativo. Y de esa época (años veinte, treinta o siguientes) he leído desde a nuestra Sofía Casanova (¡Qué vida novelable para los carentes de prejuicios!) o Fernando de los Ríos a Joseph Roth y Chatwin.
Al regresar, devoré todos los textos traducidos... Marché a las librerías, hice acopio de una docena de libros y ahora leo la Memorias de Nadiezzhda Mandelstam, Contra toda esperanza (Acantilado, 2012)

Portada Contra toda esperanza
.
Hablaré de este libro, sin duda (múltiples entradas, quizás). De momento, una frase:

ERA EL PERIODO EN EL CUAL AVENTABAN LAS CENIZAS DE LOS MUERTOS


jueves, 4 de septiembre de 2014

SORIA: CALATAÑAZOR




Al regresar a Barcelona desde Asturias, suelo recordar los viajes "de entonces"... aproximadamente de hace cuarenta años (que no es poco). El punto más temible eran Los Monegros... que ahora resultan casi un vergel, donde incluso se cultiva maíz. Por eso, despreocupados ya de cálculos horarios, casi siempre paramos en  Bujaraloz, localidad que goza de mi querencia por razones históricas y que últimamente goza también de las simpatías de mi esposo gracias a los espléndidos pinchos que sirven en "El Español", un restaurante-bar  que llamaríamos "de carretera" (al pie de la Nacional)  pero en plan bien... sencillo y sin pretensiones, atentísimos los camareros, con excelente materia prima... y nada que ver con lo que te dan en los abrevaderos de autopistas y demás.


                          


En aquellos viajes de entonces, Santander (a la ida) y Soria (a la vuelta) eran otras paradas inolvidables.
A Soria vuelvo o en Soria (la provincia) me detengo siempre que puedo, cada vez que la rondo.
Recientemente, descubrí Calatañazor, que no me había inspirado nunca porque recordaba la cantinela de las clases de Historia y... pensaba que era un enclave "patriótico", saturado de folklore.
Fue una sorpresa. La ubicación insólita, la pátina real del tiempo.
Está teñido de los accidentes turísticos que sobresaltan nuestra geografía, pero es muy leve porque no creció demasiado ni proliferaron las falsas tabernas o tiendas delikatessen.


                         
 
En cuanto llegué a Casa y tuve algún respiro, me fui derecha al tomito de Dionisio Ridruejo sobre la ex Castilla la Vieja dedicado a Soria (es una faceta del escritor que no me canso de reivindicar, pero ni por ésas), y allí leí, en el capítulo VII ("Calatañazor-El Páramo"), lo siguiente:

Pueblo sorprendente, elegía a traición, ínsula perdida como otras que hemos encontardo a nuestro paso... Está en un altozano que pertenece a la sierra de Hijodejo, amurallado por la naturaleza y por los hombres, con la línea que fue inexpugnable montando sobre las rocas una crestería mellada y pintoresca. Es obra algo primitiva, gruesa, de losas acumuladas que duran y resisten. A su extremo sur se levantan los restos del castillo con harapos de lienzo... Del otro lado se hunde un barranco al que desciende parte del caserío. En el núcleo medio y habitado se han hecho reconstrucciones o construcciones nuevas poco disonantes. Lo demás es todo abandono, pero la mayoría de las casas tiene belleza o valor documental . Se ve con frecuencia aquella construcción que aquí se llama encrestado y en La Montaña zarzo: muros tomados con varas de enebro y rellenos de guijo y barro.




 Ridruejo se detiene luego en las iglesias románicas de Calatañazor y alrededores (otra de mis debilidades. Creo haber hablado aquí del espléndido libro de Cees Nootebom sobre el románico español, El desvío a Santiago, en Siruela), para después concluir la ruta con la referencia al impresionante páramo de Villaciervos:
paisaje magno, de plata oxidada, con las desolladuras calcáreas de pedregal aliviadas, matizadas por el sombreado del enebro, deprimiéndose en hondonadas, elevándose en formas de castillo o muela, cargando a lomos un horizonte que pesa con las cumbres fingidas de la serranía.

(Dionisio Ridruejo: Castilla la Vieja. Soria. Barcelona, Destino, 1981)

            

P.S.  Y OS DEJO... PORQUE AHORA QUE RECUERDO, TENGO CADUCADO EL PASAPORTE Y... POR SI ACASO........ NO PUDIERA VOLVER..........




martes, 6 de mayo de 2014

RETORNO A ALMERÍA

Gracias a mis buenas amigas y colegas Isabel Navas e Isabel Jiménez he tenido el privilegio de ser invitada a una sesión con los alumnos de la Universidad de Alemría para hablarles de mi reciente novela "El poeta y el pintor".


Acepté la invitación porque me convenía descansar... en casa de mi querida amiga Marisé Lasaosa, que siempre, además de agasajarme y cuidarme y mimarme, me lleva de paseo y me descubre pequeños rincones. Ya os hablé de cómo hace unos años anduvimos por el Desierto de Tabernas, El Cortijo del Fraile y la Isleta del Moro. Esta vez, poco movimiento (yo estoy hipercansada, que dirían algunas stars): playa playita y, eso sí, una escapada por la Alpujarra almeriense: otro descubrimiento.



Siguiendo el curso del río Nacimiento, paramos en las inmediaciones de Laujar de Andarax, con almuerzo y larga sobremesa en un mesón llamado "La Fabriquilla" (nombre que procede de su antiguo uso: una central electrica). Era el día de la romería de San Marcos y el ambiente, más que entretenido....
 Era el territorio de Francisco Villaespesa,


así que algo de emoción añadida porque

Muhammad ibn Abd Allah ibn Said ibn Ali ibn Ahmad al-Salmani (Loja, 15 de noviembre de 1313), más conocido como Ibn al-Jatib (لسان الدين بن الخطيب), poeta, escritor, historiador, filósofo y político andalusí describió en sus crónicas la disposición urbana de Laujar alrededor de la Alcazaba así como su reconocida artesania de la seda que, según su descripción, "resplandecía más que el oro", hoy desaparecida. También describe como existían canalizaciones de riego, acequias conservadas hasta nuestros días, que permitían a los lugareños obtener hasta tres cosechas al año, cuyo grano era almacenado en silos subterráneos



Y luego ya volvimos, algo vencidas por la luz, pero no lo bastante porque mi amiga me paseó por un bulevard que... fijo entrará en mi próxima novela, Dios mediante.
Y gracias por lapaciencia. Prometo ser más dedicada de ahora en adelante. 

jueves, 26 de diciembre de 2013

MENÚ AZNAREÑO

Ya, ya sé que os debo unaexplicación, pero las trampas del tiempo...
El caso es que...
Regreso de Alemania, y quiero compartir esta primicia. Ya que allí se comentaba mucho em Menú de Ana Botella para estas fiestas, conocido en su traducción inglesa.
Y claro, como mi gente es muy cosmopolita, pùes como que noligaban la historia.
De ahí la perplejidad.

MENÚ NAVIDEÑO DE ANA BOTELLA

COVERS (Tapas):
- Little Russian Salad (ensaladilla rusa)
- Green Jewish Women (judías verdes)
- Little tit cheese (queso de tetilla)
- Onioned Cute (bonito encebollado)
- Little flags (banderillas)
- For her ( paella)


MEAT:
- Bull's cock (Rabo de toro)
- Pussy to the Little Garlic (conejo al ajillo)
- Little elbow (codillo)
- Iberian prisoner (presa ibérica)




FISH:
- Homosexual in his element (trucha en su salsa)
- Golden to the Iron (dorada a la plancha)
- Female Horse (caballa)

DESSERTS:
One thousand leaves (milhojas)
- Little bacon , Heaven (tocinillo de cielo)
- Weather fruit (fruta del tiempo)
- Your Rum (turrón)

DRINKS:
- He came with the landlady (vino con casera)
- Little damn it! (Carajillo)
- Liquor of grasses (licor de hierbas) 


miércoles, 22 de julio de 2009

ORENSE

Hace unos años, intentamos una escapada por Orense, pero no resistimos mucho el calor. Yo iba allí alentada por quien fue mi extraordinario profesor de latín en el Infanta (Manolo Romero, natural de Verín, discípulo de Agustín García Calvo y prematuramente fallecido), y con los dibujos de Castelao tatuados en la retina y en el alma. Me encantaban los cementerios y los cruceiros y... pero el calor.. Desde Ribadavia (con un espléndido y desconocido barrio judío), y pese a las sugestivas resonancias de los cantos populares que recomendaban que...

Si vas a O ribeiro vai por Ribadavia
vai por Ribadavia vai por Ventosela
que hai unha mociña que eu quero vela...

O bien:

Al pasar por Ribadavia, por Ribadavia...

nos volvimos a nuestros prados y al mar.



Siempre nos quedó pendiente ese retorno, que acabamos de saldar: cuatro días (tres noches) teniendo como base general un hermoso pazo, “La Casa Grande de Rosende”, donde Páulova (así llamaban de niña a esta madrileña que en su niñez hacía ballet) y su marido Manuel Viéitez (arquitecto huido del asfalto) atienden a sus huéspedes con gran amabilidad y un extraordinario savoir faire. Cada habitación es única, hay varios salones y la lareira original, además de un salocinto de lectura y juegos de mesa. No se escatima el espacio; al contrario: Conservan incluso la capilla "interior". El jardín es amplio y umbrío, y entre otras flores, hay una matas de lavanda... que me hicieron sentir como si estuviera en la prohibitiva Provenza



Desde allí, cada día partíamos en una dirección: un día disfrutamos del románico de la provincia, en especial del cercano monasterio de San Estevo de Ribas do Sil, que guarda una leyenda de esas que harían las delicias de ciertos lectores: un enigmático anillo y los enredos de unos cuantos obispos. Si en mi chabolita astur tuviera a mano los tomitos de Cunqueiro (mayormente en Tusquets) o El desvío a Santiago de Cees Nooteboom (en Siruela), desplegaría para vosotros su erudición, pero…




Otro día hicimos los desfiladeros del Sil y tomamos un catamarán para un largo paseo fluvial, ya por la tarde. Teníamos como compañeros de viaje a un par de matrimonios del vecino O Barco de Valdeorras, de cuyos comentarios tomé puntual cuenta. Pero, o los reproduzco en gallego, o pierden gracia. Y además pienso sacarles rendimiento literario, algún día. Pero aún así... Cuando el desfiladero se estrechaba y estrechaba, les oí decir: "E increíble que vaya o rio así de apretadiño". Más adelante, ante las escarpadas rocas y a la vista de unas colmenas, otro comentó."E quen lles ven aquí a botalles algo as abellas?". "Aquí non é pra xente gorda!" le contestó su amigo. El paseo languidecía y, ante las protestas del marido por la lentitud del catamarán, la mujer le responde. "Ea un tractor tamén le cheva tempo"



Al atardecer, antes de cenar, descansábamos en los porches del pazo, tomando un aperitivo y unas copas de un tinto de la Ribera Sacra elaborado con las célebres uvas de Amalfi, que hasta los césares romanos se hacían transportar a Roma. Habíamos visto brotar los viñedos de las mismas rocas, en bancales con hasta 500 metros de altitud. Habíamos visitado alguna bodega y...Hay que darse prisa y aprovechar, porque estos vinos se están poniendo de moda y van a dispararse los precios. De momento, quien se aloja en “A Casa Grande de Rosende” puede comprarles a los dueños unas cajas de la cosecha que ellos mismos elaboran, a dos euritos la botella. Sí, sí.

Tanto el desayuno como la cena, además de opíparos, son deliciosos, y elaborados con pan, mermeladas, o escabeches preparados artesanal y amorosamente. Aquí no me sorprendieron mucho, porque yo hago y envaso mermeladas, pepinillos en vinagre, habitas y más cosas.
Por lo demás, los precios, comparados con los de Barcelona o Madrid, son de risa.

domingo, 17 de mayo de 2009

ALMERÍA

Como muy bien saben mis alumnos, recientemente he estado en Almería, invitada por las profesoras Isabel Giménez, Isabel Navas y Pepa Romero a participar en un curso que ellas organizaban, junto con otros colegas de la Universidad.
Cuando (raramente) suceden estas cosas, suelo aceptar la invitación si el viaje me interesa por sí mismo o si me va a permitir reencontrarme con alguien a quien añoro. Viajar a Almería, en concreto, iba a permitirme estar con mi querida amiga Marisé Lasaosa, formada en la Escuela de Arquitectura de BCN en los setenta y hoy arquitecta de renombre que figura en la Guía de la Arquitectura del siglo XX.

Me fui el finde anterior al evento para disfrutar de su casa, de su conversación, de su tiempo, de las programaciones musicales de su marido Santi (gran conocedor de jazz y otras músicas) y… de su recién llegada Tula: una perrita de seis meses de cuya excelente educación Marisé se sentía muy orgullosa (no merodeaba alrededor de la mesa cuando comíamos o cenábamos, nos salía a recibir entusiasmada al regresar a casa, etc.). Hasta que… una mañana Tula descubrió el café y le gustó. Yo leía indolente en un cómodo sillón bajo (tiene paternidad, pero la he olvidado: no era la butaca Barcelona de Mies van der Rohe pero sí otra de esa línea), con mi tacita reposando directamente sobre el suelo, cuando oigo un ruidoso lambeteo y… Tula bebiéndose mi café. Al ser sorprendida, cesó de inmediato en su actividad y se retiró sumisa.
Sin embargo, intrigada, a los pocos minutos rellené la taza con un “culín” de café y al poco me levanté para dejarla sola, Y hay que ver cómo lo sorbió y relamió Tula hasta dejar la taza más limpia que una patena.
(Me cuenta Marisé que el miércoles por la mañana, cuando yo ya no estaba allí, Tula me buscaba por toda la casa. Yo creo que tenía mono y en realidad buscaba café.)

Bien, aparte de los interiores, con Marisé me fui de excursión al desierto. Primera parada, Los Albaricoqueros (no Tabernas, ¡ojo!), donde se filmaron películas del gran Sergio Leone y el no menos grande Clint Eastwood: “La muerte tenía un precio”, “El bueno, el feo y el malo”….

Luego nos fuimos a “El cortijo del Fraile”, hoy casi en ruinas pero espacio mítico donde sucedió la tragedia real que inspira el famoso drama de Lorca Bodas de sangre.
Al cortijo se llega tras un desvío de kilómetro y pico, por un ancho y hermoso camino de tierra rojiza, flanqueado por grandes chumberas, esbeltas pitas y cardos liláceos.
Yo había leído algo sobre las cortijadas (recuerdo bien el libro de Antonio Rosado Tierra y Libertad. Memorias de un campesino anarcosindicalista andaluz, en Crítica, 1979) pero nunca había visto ninguna. Tienen un enorme patio interior, horno, cochiqueras, pozo, aljibe (lo único que han pintado). Y éste tiene además una capilla y una cripta para doce nichos:












Luego pasamos por Rodalquilar y sus minas de oro y las casitas de los obreros, hoy también reducidas a la ruina por otro de los muchos despropósitos que nos caracterizan.

Finalmente, descansamos de tanta tristeza en la Isleta del Moro, al atardecer.

Era uno de los rincones favoritos de José Ángel Valente cuando vivió en Almería, según me contó Marisé, que trató al poeta en aquellos años. Y también del aclamado Houelbecque







Y en esa playa de 240 metros de largo se filmó “El pájaro de la felicidad”, de Pilar Miró. Y allí, en aquella calita virgen, recordamos el triste final del paso de la noble cineasta por nuestra vida política, mientras leíamos la prensa y Camps y el Algarrobito y…

(Las fotos las tomó Marisé Lasaosa Castellanos, y tienen copyright. ¡Aviso!)



domingo, 26 de abril de 2009

MARSÉ & STEVENSON

No fue intencionado, de verdad.
Sucede que cuando viajo, viajo: es decir, cuando he de estar ocho días fuera de casa, sin más recursos que una maleta... y ello sucede en una primavera-invierno como esta que todos maldecimos, pues... Si a ello le sumamos los compromisos obligados....
Total que me fui a Madrid-Alcalá con poquitos libros, como ya sabéis que acostumbro a hacer. Si bien una cosa es un finde y otra una semana entera, llena de compromisos.
En estos casos, me aferro a los clásicos.
(¡Vaya! El impremeditado pareado lo estropea todo, pero no estoy dispuesta a corregirlo. Es lo que hay, cuando... estoy recién llegada de una semana pletórica y... algo atascada, por saturación)

Me aferro a los clásicos, lo que equivale a decir a mis libritos portátiles... Y esta vez le tocó a Stevenson, al volumen "Virginibus puerisque y otros ensayos" (Madrid, Alianza Editorial, 1994).




Claro es que yo había ojeado el librito al comprarlo. Y recuerdo que leí y fiché lo relativo al Viaje, tan de Stevenson.
Pero a Alcalá-Madrid me llevé el tomito antiguo dispuesta a releerlo de cabo a rabo. Y en uno de los ensayos, cuyo título no reproduzco porque la actual situación económica... (daría pie a que algunos ignorantes me tratasen de snob o de bohemia, como lo hacen ciertos anónimos) leí estas líneas que le repetí a Juan Marsé en el Coloquio que ayer viernes mantuvimos en la Universidad de Alcalá (ya fuera de los focos, pero, eso sí, acompañados de maestros y amigos como Joan de Sagarra, Josep Martí Gómez, Antonio Pérez, Roberto Bodegas, Luis Izquierdo y.... yo).




Le dije: Juan, me he traído este librito de Stevenson, pero nada que ver con La isla del tesoro, título de referencia y del que JM guarda docenas de ejemplares, porque....

Y le conté que había traído el libro para los alumnos (y los corresponsales del blog: es decir, los jóvenes), pero al llegar a un ensayo donde leía:

No es este el momento de extenderme en hablar de ese poderoso lugar de educación -la calle- que fue la escuela favorita de Dickens y Balzac y hace cada año muchos oscuros maestros en la ciencia de la Vida. Baste con esto: el muchacho que no aprende en la calle es que no tiene facultades para aprender.


Y sí, todos sabemos que aquellas calles no son repetibles, pero aun así reconocemos, con Stevenson, que:

... los hechos palpitantes y calientes de la vida los aprendemos a nuestro alrededor sin más trabajo que mirar en torno (p. 92). Y también sabemos, o sospechamos que cierta facultad para la vagancia implica un universal apetito y un fuerte sentido de la identidad personal (pág.93).

P.D. Lo dicho: leer. Y recordar las lecturas entre todos.

jueves, 2 de abril de 2009

VENECIA; EL AGUA

Desde niña, el agua es uno de mis elementos (y por favor, absténganse de comentarios freudianos porque todo es maravillosamente simple y nada tiene que ver con líquidos amnióticos intrauterinos ni otros jugos). Nací en Asturias, en un pueblín al que cortaban nada menos que tres ríos: el Eo, el Suarón y el Monjardín (a éste lo habrá bautizado, sin duda, algún afrancesado de los que corrían por allí en las muchas y nobles villas del concejo en el XVIII). Y a pocos metros, la ría. Y enseguida el mar, además de las fuentes y la lluvia y la escarcha (que no rocío) y el hielo de los charcos que gozosamente rompíamos con las madreñas al ir a la escuela en invierno.
Por eso, cuando leo libros de viaje, presto especial atención a este elemento, tal y como aparece, por ejemplo, en el espléndido libro de Lévi-Strauss “Tristes trópicos” (afortunadamente reeditado hace poco en Galaxia Gutemberg porque era inencontrable). Cuando el antropólogo remonta las aguas de un río risueño –afluente del Machado-, cuyo curso es ignorado por los mapas, pero cuyos menores detalles le recordaban relatos que apreciaba mucho, porque iban en piraguas que exigían paciencia frente a cada accidente del lecho del río, que les obligaba a descargar provisiones y materiales y transportarlos, junto con las piraguas, por la orilla rocosa, para recomenzar la operación pocos cientos de metros más adelante.




"La partida nada tiene de inédito. Dejamos que los remeros cumplan los ritmos prescritos: primero una serie de golpecitos: pluf, pluf, pluf…; después la puesta en marcha, donde, entre los golpes de remo, se intercalan dos choques secos sobre el borde de la piragua: tra-pluf, tra; tra-pluf, tra…; en fin, el ritmo de viaje en el cual el remo sólo se hunde una vez de cada dos, retenido la vez siguiente por un simple acariciar de la superficie, pero siempre acompañado de un choque y separado del siguiente movimiento por otro choque: tra-pluf, tra, sh, tra; tra-pluf, tra, sh, tra… Así, los remos muestran alternativamente la cara azul y la cara anaranjada de su paleta, tan ligeros sobre el agua como el reflejo, al cual parecen reducirse, de los grandes vuelos de guacamayos que atraviesan el río, haciendo destellar todos juntos, a cada voltereta, su vientre de oro o su lomo azul."

Cuando viajan de ese modo, aunque empleen otros medios –canoas, juncos o góndolas-, difícilmente pueden silenciar los modernos Ulises la fascinación que les producen los remeros. (Cosa que también entendía muy bien de niña, porque en Castropol se celebran regatas de bateles y encima… cuando mi padrino era el timonel, alguna vez ganaban la competicón, con lo cual a mí me dejaban mojar los labios en la copa de los campeones, llena de sidra).



Tras abandonar el cange en el que había realizado su travesía por el Nilo, en su Viaje a Oriente, Cátedra), Flaubert anota: “Enorme nostalgia del viaje y del ruido de los remos cadenciosamente en el agua. ¡Pobre canga! Sí, pobre canga, ¿dónde estás ahora? ¿Quién anda sobre tus tablones?”. Ahora bien, tal vez ninguno como André Gide (Viaje al Congo, Península) –y por las razones que todos conocemos- cantó con tanto entusiasmo el lirismo de los remeros de un zagual: “Cada vez que se hunde en el agua, el palo del zagual se apoya en el muslo desnudo. ¡Qué belleza salvaje la de este canto tristón, la alegría de los músculos, el entusiasmo frenético! La chalupa se encabrita, se levanta hasta la mitad fuera del agua en tres ocasiones; y cuando vuelve a caer, nos cae encima un enorme fardo de agua, que el sol y el viento secan enseguida”.


Ni tal vez ningún otro tipo de embarcación hizo destilar de las plumas de los viajeros los ríos de tinta que hicieron verter las góndolas venecianas. Porque si al futurista Marinetti le parecían columpios para cretinos, antes y después de él, las impresiones fueron muy otras. Un caso curioso nos lo ofrece Mark Twain (Un yanqui por Europa camino de Tierra Santa, Laertes, 1993) que llega a Venecia al anochecer y al embarcar en “el féretro” siente que toda la leyenda de la ciudad era puro fiasco; y las góndolas, cajas mortuorias:

"¿Y aquello era la famosa góndola veneciana? ¿La embarcación en la cual principescos caballeros de antaño recorrían los canales a la luz de la luna y bebían la elocuencia del amor en los dulces ojos de las beldades patricias, mientras el alegre gondolero vestido de seda rasgueaba la guitarra y cantaba como sólo los gondoleros saben cantar? ¿Aquélla la noble góndola y su suntuoso gondolero? Una negra y basta barca con un negro ataúd en el centro y un bribón descalzo, en mangas de camisa, con muchas partes de su atavío al descubierto que hubieran debido permaneces ocultas a la curiosidad del público."

Al cabo de unos minutos, ya deslizándose con elegancia por las aguas del canal “y bajo la suave luna”, se le revela la Venecia de la poesía y de la tradición, y entonces la góndola, en su deslizante movimiento, le parecerá tan libre y graciosa como una serpiente: “Tiene diez metros de largo, es estrecha y profunda, a la manera de las canoas. Sus afiladas proa y popa se levantan mucho del agua, cual los cuernos de una media luna, con la búsqueda de la curva ligeramente modificada. La proa aparece adornada con una especie de peine de acero y un hacha amenazando partir en dos los botes que se le crucen, pero sin hacerlo jamás”. Y, más que los decorados palacios ante los cuales desfilan, lo que ocupa su atención es la maravillosa habilidad del gondolero, su pose majestuosa, su agilidad y flexibilidad, la elegancia de sus movimientos…, todo en él le fascina: “Cuando su erguida figura se recorta sobre la alta popa, contra el cielo de la tarde, constituye una escena completamente nueva para los ojos de un extranjero”. Y pasear en góndola, sobre todo cuando se desliza por entre las oscuras callejas de los suburbios y la embarcación adquiere la solemnidad adecuada al silencio, le parece a Mark Twain el más suave y agradable modo de viajar que haya conocido. Desde entonces, ya sólo le chocará ver la función diurna y prosaica que desempeñan en la vida cotidiana de la ciudad.
Muy similares son las impresiones de Miguel Delibes (Europa, parada y fonda, Destino), que no puede reprimir un estremecimiento ante el aire siniestro y lúgubre de las góndolas, ante su perfil definitivamente mortuorio: “Uno trata de resistir a esta primera impresión, intenta familiarizarse con el vehículo, pero es en vano el empeño”, escribe. Y al abandonar la ciudad, la góndola todavía sigue pareciéndole “un estilizado, anacrónico y flotante ataúd de tercera”. No se le oculta que es el medio de transporte que mejor rima con la fisonomía de Venecia, pero ello no impide que lo vea con una suerte de recelo macabro: “Las góndolas, sin excepción, están pintadas de negro, sus asientos van festoneados de flecos negros y por todo ornato, en las bandas de babor y estribor, se recortan unos dorados caballitos de mar”. Sabemos por qué fue –y sigue siendo- así. Nos lo había contado Mark Twain:


"Está pintada de negro porque en el cénit de la magnificencia veneciana, las góndolas eran tan suntuosas que el Senado decretó la cesación de aquel despliegue de riquezas, sustituyéndolo por una capa negra, solemne e igualitaria. Si se supiera la verdad, se vería que esto ocurrió porque algunos plebeyos enriquecidos hacían más ostentación de lujo que los patricios, al pasear por el Gran Canal, haciéndose merecedores de severa reprimenda. La reverencia por el pasado y sus lúgubres tradiciones mantiene en vigor la orden, a pesar de no haber quién la haga cumplir. Que siga así, pues. Es el color del luto. El luto por Venecia."

Y, al igual que lo hacía el escritor americano, también Delibes muestra su extrañeza al ver cómo las góndolas se emplean en los más prosaicos menesteres: los niños van en ellas a la escuela, los tenderos abastecen sus comercios transportando sus mercancías en ellas, y también los muertos son trasladados en ellas al cementerio de la isla de San Michele: “La góndola con el muerto y el acompañamiento de diversas embarcaciones detrás componen una estampa impresionante, un cuadro patético, de un extraño realismo, apacible y sobrecogedor”.
Podría seguir refiriendo otras impresiones sobre las góndolas, dada la ingente literatura generada por Venecia y sus aguas, pero lo que me interesa, ante todo, es mostrar la convergencia o el contraste entre visiones a menudo muy distanciadas en el espacio y en el tiempo. Además, siempre es obligado seleccionar y jerarquizar. Y si hay dos viajeros sobresalientes que han relatado sendas travesías nocturnas por aquel paisaje de piedra y agua, cifrando sus marcas, ellos son W. G. Sebald y Joseph Brodsky.
A Sebald (Debate), la contemplación distanciada de aquel paisaje le trajo una primera imagen: “Emergían de la niebla envueltas en un murmullo, rearaban el caudal verde gelatinoso y volvían a desaparecer en los vapores blancos del aire. Enhiestos e inmóviles, los timoneles se erguían en la popa. Con la mano en el timón, miraban fijamente hacia delante, cada uno de ellos alegoría de la disposición a la verdad”. Luego, ya él mismo embarcado en una de las lanchas, pasando por la Ferrovia y Tronchetto hasta salir a mar abierto, escribe: “La barca se alzaba y se hundía al ritmo de las olas, y me pareció que había pasado mucho tiempo. Ante nosotros, extinguiéndose, se hallaba el esplendor de nuestro mundo, de cuya contemplación, como en una ciudad celestial, no podemos saciarnos”.
Brodsky (Marcas de agua, Siruela) va con otros cuatro amigos, entre ellos el dueño de la góndola y su novia, que se encargaban de remar. “Nos deslizábamos lentamente, zigzagueando como una anguila, a través de la ciudad silenciosa que pendía sobre nuestras cabezas, cavernosa y vacía, a un enorme arrecife de coral, casi siempre rectangular, o a una sucesión de grutas deshabitadas”. Se dirigían hacia San Michele, la isla de los muertos. Ya en la laguna abierta, el lento movimiento de la góndola era totalmente silencioso. Y el poeta percibe “algo claramente erótico en el paso silencioso y sin rastro de su leve cuerpo sobre el agua, muy parecido a la forma en que la palma de tu mano desciende por la piel de la amada. Erótico, porque no tenía consecuencias, porque la piel era infinita y se mantenía casi inmóvil, porque la caricia era abstracta”. Luego, ante el recuerdo de la góndola impulsada por un hombre y una mujer, añade: “no era un erotismo de géneros, sino de elementos, una perfecta conjunción de superficies igualmente lacadas. La sensación era neutral, casi incestuosa, como si asistieras a las caricias que un hermano prodigaba a su hermana, o viceversa”. Entonces, cuando el viajero ya sabe lo que el agua siente al ser acariciada por el agua, el lento avance de la embarcación a través de la noche le parece “como el paso de un pensamiento coherente a través del subconsciente”.


(P.S. “Para María”)

domingo, 22 de marzo de 2009

RUESTA

Bordeábamos el pantano de Yesa, una mañana azul y nítida, sombreada a ráfagas por el ondulado paisaje de las vecinas Bárdenas Reales, cuyas "dunas" se adelantaban asomando en algún trecho, mordiendo la luz.
De repente llegamos al desconcierto de Ruesta: un pueblo a pie de carretera que se presentaba simultáneamente muerto y vivo.




Las pinturas estrelladas contra un gran paredón me devolvían, por su estética, a las callejuelas del actual Raval barcelonés. Pero el contenido (la letra) me alejaba hasta los pueblecillos del Aragón de 1936.




Caminamos entre la ruina y la resurrección: un amplio albergue en pleno Camino de Santiago, más unos apartamentos hermosamente rehabilitados, y un pequeño bar-restaurante. Turismo rural auténtico. Lirios salvajes y rosales agónicos y caléndulas alineadas en jardineras de piedra.
La fachada de la Iglesia es hermosa en su desnudez (o adustez). Y recordé y añoré un bello libro de Cees Nooteboom: El desvío a Santiago (en Siruela), extraordinario vagabundeo por todo nuestro arte románico. Y lamenté no habérmelo llevado, la verdad.

Y pensé que algún día volvería a Ruesta en plan retiro, viajando en tren hasta Zaragoza, tomando después un coche de línea (que se decía antes) hasta Sos del Rey Católico u otra localidad cercana a la que luego me irán a recoger los que han puesto en marcha esta feliz iniciativa.

Ocio y Cultura. Tierra y Libertad.





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(Y disculpen el narcisismo fotográfico: Obedece a la petición de mis caros ex alumnos y a la de aquellos otros que me preguntan por la verdad de los detalles: inquietos, al parecer, por si seré o no un personaje literario.
Y también responde al propósito de mostrar que las escuetas líneas del perfil, ¡Ejem!).

viernes, 20 de marzo de 2009

LA REINA LOCA


Paseé en silencio por las calles de Sos pero no visité la casa natal del Rey Católico. Recordé más a su hija Doña Juana. Al regresar a casa, recordé a otros viajeros y escritores que nos dejaron su personal visión de la reina loca.

En el verano de 1917, Federico García Lorca participó de nuevo en otro de los viajes culturales organizados por el profesor granadino y catedrático de Teoría de la Literatura y de las Artes Martín Domínguez Berrueta, viajes que tenían por finalidad aplicar los métodos pedagógicos institucionistas, combinando el estudio teórico realizado en archivos y bibliotecas con la formación práctica: las visitas a monumentos y museos. Los alumnos, al final de cada jornada, escribían sus anotaciones y experiencias del viaje. Así nació el primer libro de Lorca: las prosas reunidas en el volumen Impresiones y paisajes (1918).



Aquel verano el poeta recorrió las tierras de la Vieja Castilla. En uno de los escritos, el titulado “Sepulcros de Burgos”, aparece ya una primera referencia a doña Juana la Loca: “Casi todos estos sepulcros de Burgos que tantas y tan magníficas ideas encierran están sin morador… y se siente gran extrañeza al contemplar los sepulcros vacíos de la Cartuja que encerraron en un ánfora las entrañas de Felipe el Hermoso y ante los cuales la ideal Juana la Loca, de pasión, lloró desgarradora ante el cuerpo de su alma como Brunilda ante Sigfrido en la epopeya de los Nibelungos.”

Diciembre de 1918 es la fecha que lleva la “Elegía a doña Juana la Loca” (perteneciente al Libro de poemas, 1921), una extensa composición de sesenta versos alejandrinos agrupados en cuartetos, en la que Lorca destaca básicamente dos notas: la pasión y la muerte de la reina. No es el verso inicial el más logrado (“Princesa enamorada sin ser correspondida”), ni tampoco lo son los elementos elegidos para expresar la pasión, que transforman la figura de Juana tiñéndola, quizá en exceso, de un cierto sensualismo más o menos tópico (clavel rojo, paloma de alas tronchadas, collares de perlas, princesa morena), deudor de la moda oriental modernista que también tentó al joven Lorca. Es al hablar de la muerte de la reina cuando encontramos imágenes de un sabor más auténtico: el sueño “entre nieves y cipreses castos” o esa tumba rezumando su tristeza “a través de los ojos que ha abierto sobre el mármol”. Tampoco podía faltar, desde luego, el recuerdo de uno de los episodios más llamativos de la vida de Juana –su peregrinaje de amor-, que le inspira al poeta posiblemente la mejor estrofa de la Elegía:

Y tu grito estremece los cimientos de Burgos.
Y oprime la salmodia del coro cartujano.
Y choca con los ecos de las lentas campanas
perdiéndose en la sombra, tembloroso y rasgado

Es este episodio el que más desarrolla Ramón Gómez de la Serna en una de sus Novelas superhistóricas (1944), protagonizas casi todas por mujeres: Juana la Loca, Urraca de Castilla, Ana de Austria, la Emparedada de Burgos y Juana la Beltraneja.



En 1942, en la asociación bonaerense Amigos del Arte, Ramón pronunció una conferencia sobre doña Juana -“quizá la mejor conferencia de mi vida”, afirma en Automoribundia-, primera ocasión en la que expuso su teoría de la superhistoria como una ley compensadora que aúna “lo que no sucedió que quiere mezclarse con lo que sucedió”.


Con el personaje de la reina loca Ramón estaba muy familiarizado a partir del famoso retrato pintado por Pradilla que colgaba de las paredes de todos los hogares españoles, como el de su abuela, hermana de la poeta romántica Carolina Coronado, “la misma que después de doña Juana ha tenido desenterrada y a la vista la momia de su esposo hasta el día en que ella fue a hacerle compañía y se enterraron dos féretros en el mismo panteón” (Automoribundia). Por eso, tal vez, la reina alucinada no sólo protagoniza una de las novelas superhistóricas sino también un capítulo de la biografía del escritor. A Ramón le interesa lo que la historia de doña Juana tiene de locura de amor, de perpetuo éxodo de esperanza, de peregrinaje que muere en un ocaso. De ahí el espléndido capítulo cuarto de la novela, en el que el paisaje se vuelve silencioso para recoger el dolor y la soledad de esa locura de amor repetida en las viudas de los pueblos, en los coros de perros aulladores, en las estatuas yacentes de las iglesias, en las piedras miliares de los caminos o en los puentes donde doña Juana “apresuraba el paso porque en los puentes se pasa de la razón a la locura y temía tirarse por ellos a la Historia, que es a donde se tiran los suicidas.”

Ramón toma esa imagen clásica –río, tiempo, muerte- y la proyecta hacia el futuro porque le interesa presentar la actualidad de una locura de amor en medio del tiempo. Y una sinrazón: la de una reina, la única, “que exhibe ante los pueblos la desgarradura de su razón”.

En 1994, la muerte sorprendió a Rosa Chacel trabajando en un proyecto sobre la compleja y atractiva personalidad de Juana la Loca, para la escritora un personaje de su mundo familiar, en el que dominaba la pasión llevada al paroxismo de la locura. En este libro “truncado”, Rosa Chacel iba a estudiar otra modalidad de “la implacable, indestructible, polimorfa y voraz especie del Deseo. Quedaron algunos fragmentos, de los que entresaco las siguientes líneas:

“… Se adueñó una imagen de Fernando hasta que a su razón otras ya no llegaron. ¿Qué hacer para que nos reconozcamos como nosotros y así poder transmitir mi deseo en esta tierra cuya forma he soñado? Simplemente repetir y repetir: yo quiero que vosotros queráis lo que yo quiero, que es además lo que él quiere y por cuya sangre somos un compromiso. Compromiso que Isabel, entendiéndolo como una realidad vital, vistió con la pura lana del pastor, del color de la tierra castellana”.


Los de Lorca, Ramón y Rosa Chacel son sólo tres casos de pervivencia poética de aquella locura de amor en la que se extravió, errante, doña Juana.