Vuelvo a Barcelona casi a punto de que en el Teatre Nacional se clausure una representación dramática con motivo del 75 aniversario de los bombardeos de marzo de 1938.
De nuevo, como era previsible, sigue siendo otra vez lo mismo.
Y no sé si por estar en la noche de San Juan, con el olor a pólvora quemada y a fuego... recuerdo la importancia de, al hablar de bombas, recordar su olor y hasta su sabor.
Así lo hice en una breve escena de mi última novela
tuve que currarme el tema, eso sí):
La escena arranca con el regreso del personaje narrador, un joven estudiante de ingeniería a la pensión donde se aloja, y se encuentra esta escena en el portal del edifico, con el comadreo previsible:
Al regresar a casa, un nutrido grupo de vecinos
de los inmuebles cercanos se apretujaba en la acera, frente a nuestro portal,
envuelto en una iluminación extraña. Los primeros cuchicheos que llegaron a mis
oídos eran similares a los que había ido sorprendiendo a lo largo del día en mi
deambular de aquí para allá: especulaciones y cábalas, protestas e insultos.
-Parece que aún respira algo –le contaba una
señora a otra.
-Poco, muy poco; respira deprisa y le cuesta
mucho –agregó un señor que acababa de abandonar el portal.
-No me extraña que se ahogue. Ahí dentro
hasta los sanos acaban asfixiados –renegó un viejecillo que le acompañaba-. Si
en vez de arremolinarse y estrujar, echasen una mano…
-¿Qué podemos hacer? –se interesó una joven.
-Darle un coñac que lo reanime –contestó el
anciano.
-¡Quiá! ¿No se ha leído usted el folleto? –le
increpó una señora de mediana edad-. Eso acabaría de matarlo.
-Mujer, siempre se ha dicho que en estos
casos, un buen trago…
-¡Ni hablar! –sentenció la otra.
-Pues al menos unas friegas –sugirió el
primer señor.
-Ni alcohol, ni vino, ni ron, ni licores, ni
coñac –recitó la señora, que por lo visto se sabía al dedillo las instrucciones
de los folletos repartidos al organizar la Defensa Pasiva.
-¿Entonces qué?
-El café siempre espabila y no hace daño
–apuntó la chica.
El señor se rió con descaro al replicar.
-¿Café? A buenas horas…
-Pues bicarbonato, que ayuda a eructar.
-Hay que hacerle la respiración artificial –indicó
la sabia.
-Pero si tiene los labios teñidos de sangre
–terció otra mujer que salía del portal.
-Por la nariz aún le corren dos hilillos y por
la boca escupe una espuma amarillenta como el cuajo.
Reconocí la voz de Montserrat, la dueña de la
lechería de la calle Casanova y fui hasta ella. En cuanto me aclaró lo
sucedido, di la vuelta braceando con fuerza y gritando que me abriesen paso. En
el portal no cabía ni un alfiler. La extraña iluminación procedía de las llamas
de las velas que algunas mujeres sostenían con manos temblorosas.
-¡Apáguenlas inmediatamente! –ordené
encolerizado.
Cuando por fin alcancé la garita, el sudor me
empapaba axilas y espalda. Sentí como si toda la sangre me fluyera al corazón y
se detuviera allí. Era una angustia física, próxima a la náusea, que me dejó
paralizado. Por un momento temí que iba a vomitar todo el horror presenciado a
lo largo del día, pero la imploración de Piluca…
-Ten compasión de él, Señor –gemía, sentada
en la sillita de anea, encogida y frágil, vencida por el peso de su hijo Manu,
demacrado y rígido, y al que su madre abrazaba y acunaba, repitiendo entre
sollozos su plegaria.
La besé en la frente y le susurré unas
palabras al oído. Cuando noté que poco a poco iba aflojando los brazos, me
saqué la americana y la extendí sobre la pequeña mesa para depositar en ella el
cuerpo aterido de Manu, que temblaba.
-Traiga una manta, Piluca, o déme su chal. ¡Y
un paño! –agregué.
Lo incorporé hasta medio torso y le limpié la
sangre y los esputos y las babas, mientras esperaba a que cesase un violento
ataque de tos. La convulsión despertó al pobre Manu de la semi-inconsciencia en
que yacía.
-Tengo arena en los ojos –musitó con voz áspera
y reseca.
Al inclinarme, antes de abrirle los labios,
susurró:
-Huelen a paja podrida y a chocolate …, los
gases…
Aunque lo cuento lentamente, en realidad todo
esto fue mucho más rápido porque las cosas sucedían de forma simultánea y también
las voces fluían de ese modo. Ignoro el tiempo que llevaba inclinado sobre
Manu, pegado a sus labios, cuando se oyó con nitidez una sirena que rasgó el
espeso silencio que por fin se había creado a nuestro alrededor. Entraron unos
camilleros y acomodaron el cuerpo del muchacho sobre unas angarillas de lona,
ajustándole la máscara de oxígeno. Después se lo llevaron enseguida y yo aún permanecí
un rato en la garita, anonado y exhausto. Me sentía incapaz de subir a encerrarme
en casa, seguro de que la soledad me asfixiaría y regresé a las calles: los corros
se iban disolviendo, pero las voces del horror no se acallaban:
-Yo he visto algunos cuerpos carbonizados.
-Se achicharra hasta el pulmón.
-¡Ès
esgarrifant!
-Los filtros de carbón ya no sirven de nada.
-Cada día inventan gases nuevos.
-Los de ayer olían a almendras amargas.
-Pues en el refugio un señor contó que
apestaban a mostaza y ajo.
-Ése es el gas leproso. Lo dijeron los rusos.
-Si te ataca, te llenas de costras
purulentas.
-¿Qué diferencia hay entre absorción y
adsorción?
-En casa, un vecino consiguió magnesio
inglés, pero del efervescente.
-Ése no sirve.