domingo, 20 de marzo de 2011

CREMATORIO

Cuando reseñé Los viejos amigos (2003), de Rafael Chirbes, encabecé aquellas líneas con un título que procedía de una melodía de Aznavour –Hier encore, j’avais vingt ans- que resonaba en las páginas de esa novela, donde Chirbes narra el reencuentro de un grupo de ex compañeros o camaradas que, en el Madrid de finales de los sesenta y principios de los setenta integraban una célula maoísta y que, al cabo de los años, se reunían en torno a una mesa para compartir mantel, charla, amor, recuerdos y melancolía, además de rencores y derrotas

Ahora acaba de estrenarse una mini serie televisiva basada en la última novela de este escritor al que he seguido desde jovencita, desde cuando ni siquiera había publicado novelas pero escribía en la imborrable revista Ozono (en cuyas páginas descubríamos a los grandes heterodoxos del momento, por cierto), gracias a la recomendación de quien era amigo del escritor y mi inolvidable profesor de latín en el Infanta, Manolo Romero.

Pero todo eso lo supe más tarde, que fueran amigos. Leía Ozono por estímulo de Manolo y luego más tarde supongo que relacioné: La buena letra, Mimoun, Los disparos de cazador, La larga marcha, La caída de Madrid.... hasta estas otras novelas últimas. ¡Ah, sí! Y también recuerdo que más adelante me reencontaba con la escritura de Chirbes en la revista que nos mandaban a los socios del Club Vino Selección.


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No he visto ninguna entrega de la versión fílmica, pero, a juzgar por el elenco de actores y actrices, debe de estar más que bien.

En Crematorio (2007) volvemos a encontrar a nuevos personajes cuya juventud transcurrió durante los años de excitación que fueron los turbulentos sesenta, cuando la fiesta de las palabras encendidas, como aquí se los llama; es decir, figuras que más o menos se corresponden con las de la generación del autor y que, a rachas, también recuerdan sus veinte años. Pero Chirbes no se está repitiendo. Posiblemente esté recogiendo cabos anteriores –de Los viejos amigos y de otras narraciones que no voy a especificar ahora-, no en vano la sucesión de sus novelas ha ido pautando un espléndido friso de la realidad histórica y existencial de la España franquista y postfranquista o democrática.

Pero ahora, en Crematorio, el escritor agrega otros materiales, algunos de extrema actualidad, aunque tan destacado como el presente es la revisión de los distintos factores que conducen a cada cual a ser lo que es. Para ello, Chirbes organiza la trama narrativa a partir de un suceso cuya eficacia a la hora de operar como revulsivo o galvánico de las conciencias es indiscutible: la muerte de alguien y la reacción que el hecho suscita en el círculo de familiares y amigos íntimos.


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“Estás tendido sobre una sábana, sobre una lámina de metal o sobre un mármol”. Así comienza Crematorio, con estas palabras que Rubén Bertomeu dirige a su hermano menor, el difunto Matías. Y así termina: “Y también tú, Matías, eres ahora una instalación de museo contemporáneo, tendido sobre una sábana, sobre una lámina de metal o sobre un mármol”. Entre ese inicio y este cierre –casi idénticos, pero con un añadido significativo- se despliegan las miradas y las voces de otra media docena de personajes que, recordando escenas pasadas y en soliloquio consigo mismos, pautan la común trayectoria que los unió y distanció, enjuiciando y censurando, acusándose y defendiéndose los unos a los otros y también a sí mismos pues lo fundamental es el fuego cruzado que se va desplegando a lo largo de estas páginas, la pluralidad de perspectivas que se suman y contrastan para que nada ni nadie quede demasiado a salvo: resulte previsible por tópico (léase monofacético), ni mucho menos bueno o malo, y ni siquiera mejor o peor que los demás.

Matías, aunque omnipresente en el discurso es sin embargo el personaje menos dibujado de Crematorio, tal vez por estar privado de voz directa (salvo cuando se recuerdan tramos de su vida) y por consiguiente de la posibilidad de añadir su personal punto de vista al de los otros. Representa el ideólogo que ha permanecido fiel a los ideales de juventud, y considera al resto traidores e hipócritas, retirándose en sus últimos años a unas propiedades que posee su madre para poner en marcha selectos cultivos ecológicos, gracias a la total despreocupación del dinero y al desentendimiento de otras obligaciones personales. Quien más acerbamente lo acusa y desenmascara es su hermano, Rubén Bertomeu, que no admite ningún elemento del atrezzo con que en los últimos años Matías amuebló el escenario de su vida. El cainismo característico de nuestra literatura tiene en esta pareja una nueva prolongación.

Rubén es un arquitecto que, tal vez a causa de no haber contado con el apoyo familiar necesario para desplegar ciertos proyectos más o menos idealistas, hubo de ponerse a edificar en la costa levantina, enriqueciéndose. Es el personaje más asaeteado por cuantos viven a su alrededor y en gran medida a su costa, o, al menos, beneficiándose de su posición o situación (hija, yerno, nieta, etc.). Está firmemente anclado en “el principio de realidad” que los otros le reprochan, y considera, entre otras cosas, que “un genio contemporáneo es el que le da de comer todos los meses a su familia con el sueldo base”, o bien aquellos otros inventores de cosas que nos facilitan y alegran la vida: “el que decide ponerle ruedas a una bolsa e inventa el carrito de la compra”, por ejemplo.


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De jóvenes, Rubén, el desaparecido pintor Montoliu y el escritor Federico Brouard pretendían unir como un arma arquitectura, pintura y literatura y hacer de esa alianza “una especie de catapulta con la que apedrear aquel Misent que no acababa de despegarse de la grisalla de la guerra. De Rubén ya sabemos qué queda. Y en cuanto al afamado novelista social que había sido Brouard –amén de insignia de la honestidad, preso bajo el franquismo, exiliado, inmune a la tentación de poder y a los fastos de la literatura-, aunque lúcido y con capacidad de agredir, lo vemos ahora, en los últimos años de su vida, sumido en un imparable proceso de degradación física –enfermedad, coca, alcohol-, moral –se muestra abyecto y tiránico con quienes, por amor o admiración, lo rodean y atienden- y literaria: su deficiente e innecesaria última novela era “una confusa historia de un alma en pena” que ni de lejos cumplía lo que el autor decía era la buena escritura, “la expresión ajustada de una idea”.

Es un personaje que, por otra parte, le sirve a chirles para plantear interesantes cuestiones referidas a la función de la literatura en la actual sociedad del espectáculo, cuando aquélla ha perdido su antiguo papel “como mensajera del pacto social” y el novelista “ya no es el que ayuda a construir la narración, a buscar el sentido de lo colectivo, no es el sacerdote laico sino el que expresa los miedos previos, los dolores de un estadio anterior al pacto”. De ahí que a partir de este personaje afloren otras cuestiones de signo existencial al sesgo del oficio de escribir, cuestión todas que dejan una invencible sensación de vacío y desesperanza.

Juan Mullor, el yerno de Rubén Bertomeu y catedrático de literatura experto en la obra de Brouard, pertenece a una generación más joven y más sombría, que no encendió en su vida ninguna luminaria y que piensa que si sus hermanos mayores equivocaron el camino, ellos simplemente no tuvieron nunca intención de ir a ninguna parte. Ha conseguido sacudirse la fascinación juvenil que sentía por el adorado novelista, pero le quedan aún muchas ataduras que cortar. Pasada la madurez, pero algo lejos todavía del declive de los anteriores, se presenta como otro personaje que igualmente ha llevado una existencia indeseada, acomodaticia y falsa, sorda y ciega a los deseos más auténticos. Visto por su suegro, Juan no es menos rapaz y depredador que él, el arquitecto especulador, pues sabido es que profesores y críticos literarios somos poco menos que parásitos que nos dedicamos a destripar y vaciar las obras de los autores (para catalogar, clasificar, encasillar y confirmar la operatividad de unas cuantas recetas de manual piadosamente ennoblecidas por un lenguaje técnico), a quienes consideramos inferiores y a quienes poco menos que despreciamos.

En este juego de peligrosos y tensos lazos de amor, amistad y parentesco que despliega Chirbes en Crematorio (donde ardemos casi todos), hay dos personajes femeninos enfrentados entre sí: Silvia -hija de Rubén y esposa de Juan, dedicada al noble arte de la restauración de cuadros-, y Mónica, la jovencísima segunda esposa de Rubén, una desclasada –y según Silvia, mera colección de órganos y planta carnívora- que tiene perfectamente calculado el sacrificio corporal que se autoimpondrá dejándose preñar para asegurarse la parte de la herencia familiar. Junto a éstas, otros dos personajes iluminan los bajos fondos de Misent: Collado, mano derecha de Rubén en los duros años del arranque empresarial, y Yuri, miembro de la poderosa mafia rusa allí instalada recientemente.


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A través del asedio y la dureza con que se miran y remiran semejantes personajes, Chirbes rompe y rasga muchas pantallas de colores y deja al aire la luz cruda y desoladora que enfoca las relaciones de familia como una forma de ejercitar los valores de propiedad, la especulación inmobiliaria, el dinero negro, los bajos fondos, los tráficos y comercios varios o la corrupción material y espiritual.

12 comentarios:

  1. Literatura 'política'. Me va, me va, me va...
    Estoy ahora con "Todo está perdonado" de Rafael Reig. Me está gustando mucho, mucho, mucho.

    ¡Larga vida a Chirbes!

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  2. Pues amí el plumilla ese de Reig no me gusta nada.

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  3. Reig es causa de odios y amores extremos, porque él es así. No se calla una y, además, ¡oh dios!, ¡¡es comunista confeso!!
    Tiene otras virtudes: es un estupendo novelista, es honesto, currante, sincero, es un amante de la literatura y sabe un potosí de literatura.
    Reig no es ningún plumilla, su obra es reconocida. Vamos, que no empezó ayer.

    (no soy su primo, ni su cuñado, ni si quiera su amigo o vecino)

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  4. A lo mejor publicáis en la misma editorial.

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  5. Ignoro por qué en ocasiones absolutamente imprevisibles (dos o tres, tampoco tanto) y a propósito de temas muy diversos (una entrada sobre Avilés, recuerdo)opina aquí un@ señor@ que firma "Kaña", y que por todo mensaje, opinión, análisis, impresión, comentario, valoración... o lo que sea, escribe algo así como ¡Vaya mierda de Blog!
    Inmediatamente pulso la tecla adecuada (borrar, suprimir), aunque de inmediato me arrepienta, pero soy torpe torpe... y no sé cómo rescatar esos ex-aabruptos borrados.
    Sí me pregunto por el impulso que me lleva a...
    Y me digo que para ser kañero kañero, con K, hay que leer mucho y escribir más y mejor.


    No sé si es un comunista confeso quien así se expresa, ¡Oh, dios!, en cuyo caso no tendría demasiado de qué quejarse ni despotricar, dado que muchos han sido laureados.

    Otra cosa son los marxistas de pro, que se decía...

    ¡Kaña! (al que corresponda)

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  6. El fantasma de Jonesviernes, marzo 25, 2011

    Ojalá tuviese yo algo publicado algo, y además en una editorial. Eso debe ser como jugar al mus y ganar. ¡la hostia!
    Ana, ¿quieres decir que es R. Reig quien te escribe esos comentarios firmados como Kaña?

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  7. Veo que disfruta usted de mucho tiempo libre. Si de mí dependiese, disfrutaría usted de muchísimo más, puesto que se trata de la experiencia más nefasta que he tenido como alumno en la Universidad de Barcelona. Suerte -la mía- que ya no nos hemos de ver más las caras, porque es usted insoportable en todos los aspectos.

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  8. Me paso para recordarle a Ana lo mucho y bueno que nos trae su blog. Estoy seguro que hubiera sido un placer escucharte en clase.
    Un abrazo.

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  9. Chirbes me parece uno de los mejores, y creo que insuficientemente valorado (salvo excepciones), novelista de los presentes en castellano, y me alegra que se le dediquen entradas como ésta de manos de quien sabe de lo que habla. Espero que en ese volumen que acaba de aparecer de historia de literatura española: Derrota y restitución de la modernidad, Rafael Chirbes merezca el lugar que le corresponde.

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  10. Ojalá lleves razón, Juan Manuel. Creo que Chirbes ahora es ya indiscutible (tras la excelente recepción de que gozó fuera de aquí).Abrazos!

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  11. Tengo una duda como antiguo lector de la revista ozono. Cuantos números se publicaron en total? Se dejó de publicar en 1979, eso lo tengo claro, pero me gustaría saber cuantos se publicaron porque estoy intentando localizar los que me faltan. Gracias de antemano a quien me pueda dar la información.

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  12. La verdad es que no tengo ni idea. Por desgracia, hube de desprenderme de todas mis colecciones de revista (por imperativo de mi madre). Saludos!

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