Un estudiante atento y madrugador me vio un día de las pasadas vacacione navideñas escurrirme rauda por los pasillos del edificio noble, como una sombra, que se diría, si no fuese porque, a pesar de las prisas y de lo insólito del encuentro (no era periodo lectivo, no tenía porqué estar yo allí), me detuve para cumplir con lo obligado en esas fechas aún recientes : ¡Feliz Año!
De ser otras las circunstancias, lo habría invitado a un café (que yo sí necesitaba)... pero el negocio -es decir, el no ocio o la investigación- apremiaban... (aparte las circunstancias personales).
Desde las vacaciones, me paso gran parte del tiempo viviendo bajo la muerte, a cuenta de un libro que preparo.
Por fortuna, la aventura me obliga, en ocasiones, a trasladarme al que fue Pabellón de la República: un escueto (aunque locuaz en sus formas, y muy bello) edificio anclado en un extraño retazo de esta ciudad extraña. Porque allí, en una especie de tierra baldía, en un espacio que parece suspendido en el aire, y ajeno, al pie de una inmensa carretera o avenida ... se yergue una reconstrucción del mítico edificio diseñado por Josep Lluís Sert y Luis Lacasa que representó a Epaña en la Exposición Universal celebrada en París en 1937.
En el exterior hay una reproducción del Guernica pero su interior alberga auténticos tesoros.
Contemplo arrobada algunos carteles de la Guerra Civil que cuelgan enmarcardos en las paredes (es recomendable al respecto leerse las memorias de Carles Fontseré, uno de los grandes cartelistas del momento. Fueron editadas en Pòrtic, en 1995, y me temo que aún no están traducidas al castellano), en parte procedentes del mítico legado de Josep Maria Figueras.
Me enternezco especialmente ante una página de Sidrín. Y no por cosa de patriotería, ¡ojo! Y recuerdo la escena en que Sidrín marchaba al frente y decía:
Y por su patria valiente
marcha alegre con su gente
(La verdad es que nunca pude explicarme el porqué de este nombre para el protagonista del muy popular semanario que entonces dirigía el gran antoniorobles... (Martín Gaite dice cosas estupendas de este escritor, y yo pude comprobar cómo les puede seguir gustando a mis hijos)
En esta inmersión, descubro relatos sorprendentes, jamás citados (ni traducidos). Llego a conocer a las protagonistas de la intrahistoria. Leo, toco y huelo libelos y folletos de aquellos años, publicados en un papel de calidad admirable, con tintas exóticas (o juanramonianas, si se prefiere: verde, lila...) y con unas relaciones o crónicas o testimonios... No en vano, se almacenan aquí 150.000 libros, 14.500 cabeceras de prensa de época y unos 10.000 carteles.
Para flipar!
He pasado cientos y cientos de horas casi agonizando con ellas, las mujeres que vivieron bajo la guerra.
Y sin embargo...
Aún queda tanto por contar.
Próximamente, que se dice.
¿Existen las corazonadas, o la intuición, o la imantación o el polen of ideas floating in the air del que habló Henry James?
Porque en la breve escapada a Asturias me llevé el reciente libro de Rodrigo Rey Rosa: El material humano (Anagrama, 2009).
Y digo libro porque, desde el punto de vista de los géneros literarios, es un híbrido de relato, crónica, investigación, diario... más su poquito de thriller.
Recuerdo que había intentado leerlo cuando apareció, pero en aquella ocasión no avancé.
Supongo que entonces buscaba un relato-relato y... las primeras páginas me disuadieron. Simplemente porque entonces no era lo que necesitaba: meterme en otros archivos.
Si Javier Marías nos enseñó que cada cosa necesita su tiempopara ser contada, también las lecturas exigen sus momentos (digo yo).
Así que el libro de Rodrigo Rey Rosa seguía aguardándome en una de los cuatro o cinco pilas de lecturas pendientes dado que el autor no es soslayable y...
(Cuando viajo, voy ligera de equipaje: pocos libros y, sobre todo, diversifico el riesgo. Así que suelo llevarme cuatro o cinco tomitos portátiles, y a ver...).
En Asturias quería olvidarme de los archivos pero igual era que tenía nostalgia de ellos (o nerviosismo, porque si andas en jaleos y con cosas pendientes, no acabas de desconectar) y me metí en un libro donde el personaje-narrador hurga en los procelosos archivos policiales de Guatemala para investigar los casos de artistas e intelectuales perseguidos o reclutados, pero... ¡Cuántas sorpresas!
Para empezar, la identidad de su jefe (un ex-guerrillero, convertido en celoso custodio). O el retorno de ciertos datos sobre el secuestro de su madre. Hay en Material humano revelaciones espeluznantes de los desastres de unos y otros. Y hay la convicción de que "repasar la historia es ocuparse de los muertos [...] en el Archivo yo veía un lugar donde las historias de los muertos estaban en el aire como filamentos de un plasma extraño, un lugar donde podían entreverse "espectaculares máquinas de terror", como tramoyas que habían estado ocultas. Los otros investigadores, ¿verán algo diferente?, me pregunto".
Una lectura muy recomendable, aunque no se haya jaleado mucho entre las novelas de 2009. ¡Una pena! No siempre somos puntuales.
P.D. Esta entrada estaba hilvanada bastante antes de que en El País notciasen pomposamnete lo de que "La República (y su pabellón) no se rinde" (Viernes, 5 de febrero de 2010), sección Ctaluña, p.4). Puede que le hayan dado un impulso, pero... no hay escáner, no se pueden microfilmar, tampoco se pueden reproducir según qué textos (pese a que algunos se han conservado en un envidiable estado...)
Es decir, los medios o las condiciones para trabajar siguen siendo muy precarios.
También he de decir que... pese al riquísimo fondo allí depositado, sólome tropecé ocn unchico jovencito ...
¡Salud!
domingo 7 de febrero de 2010
martes 2 de febrero de 2010
MIMOSAS
A las mimosas, de niña, no les daba importancia.
Formaban parte del paisaje cotidiano.
Pautaban mis pasos en el camino a la escuela.
Estaban allí, las veía por doquier (que se dice), y no necesitaba adueñarme de ellas.
Ahora sí. Ahora sí necesito apropiármelas.
Antes -si puede ser antes- de que llegue febrero, cuando crece la luz, necesito tener sobre la mesa-escritorio del recibidor de casa un buen ramo de mimosas: pese a la crisis, pese a las alergias de Martin, pese a lo latosas que llegan a ser cuando empiezan a secarse y se desparraman y esparcen sus "flores" y su polvillo...
Pese a todo eso y más (la mirada resignada de Lluïsa)... no prescindo de esa llamarada de luz ni de su belleza, cristalina y minúscula.
Sé que el racimo de una mimosa puede llegar a ser enorme y desordenado, pero... hay invasiones aceptables.
(Me documento un poco y... cierta inquietud al leer que "como tienen raíces superficiales pueden presentar problemas de anclaje". Y me pregunto si será será...)
Además, ese nombre es precioso.
¿O no?
(Bueno, si lo pienso, a lo mejor me suena demasiado a burdel de lujo: quizá por haberme recientemente reenganchado a "Amar en tiempos revueltos", dado que tengo a mi madre convaleciendo en casa, o tal vez porque si en Google sólo se pica "Mimosa"... pues aparece lo que aparece)
Volvamos al relato.
Hubo un tiempo en que me divertía poniendo a prueba a mis amigos. Si organizaban una cena o un evento en tiempo de mimosas, me presentaba con un enorme ramo, y una disculpa: "Ya sé que son difíciles".
A menudo, su reacción inmediata me servía para... ahondar brechas o estrechar lazos.
Tengo una amiga, Vane, que vive en una masía de Celrá (Girona) flanqueada por un inmenso árbol de mimosas. Un día la amenacé con instalarme allí una semana o dos o tres... hasta saciarme de ese perfume y de esa luz. Tal vez lo haga próximamente.
P.D. Acabo de ver la primera revelación de ese esplendor en un jardín privado de Les Corts. Me pareció algo temprano, pero me paré y sí... estaba cuajado de flores diminutas y las ramas arrastraban...
¡Una feliz señal!
Formaban parte del paisaje cotidiano.
Pautaban mis pasos en el camino a la escuela.
Estaban allí, las veía por doquier (que se dice), y no necesitaba adueñarme de ellas.
Ahora sí. Ahora sí necesito apropiármelas.
Antes -si puede ser antes- de que llegue febrero, cuando crece la luz, necesito tener sobre la mesa-escritorio del recibidor de casa un buen ramo de mimosas: pese a la crisis, pese a las alergias de Martin, pese a lo latosas que llegan a ser cuando empiezan a secarse y se desparraman y esparcen sus "flores" y su polvillo...
Pese a todo eso y más (la mirada resignada de Lluïsa)... no prescindo de esa llamarada de luz ni de su belleza, cristalina y minúscula.
Sé que el racimo de una mimosa puede llegar a ser enorme y desordenado, pero... hay invasiones aceptables.
(Me documento un poco y... cierta inquietud al leer que "como tienen raíces superficiales pueden presentar problemas de anclaje". Y me pregunto si será será...)
Además, ese nombre es precioso.
¿O no?
(Bueno, si lo pienso, a lo mejor me suena demasiado a burdel de lujo: quizá por haberme recientemente reenganchado a "Amar en tiempos revueltos", dado que tengo a mi madre convaleciendo en casa, o tal vez porque si en Google sólo se pica "Mimosa"... pues aparece lo que aparece)
Volvamos al relato.
Hubo un tiempo en que me divertía poniendo a prueba a mis amigos. Si organizaban una cena o un evento en tiempo de mimosas, me presentaba con un enorme ramo, y una disculpa: "Ya sé que son difíciles".
A menudo, su reacción inmediata me servía para... ahondar brechas o estrechar lazos.
Tengo una amiga, Vane, que vive en una masía de Celrá (Girona) flanqueada por un inmenso árbol de mimosas. Un día la amenacé con instalarme allí una semana o dos o tres... hasta saciarme de ese perfume y de esa luz. Tal vez lo haga próximamente.
P.D. Acabo de ver la primera revelación de ese esplendor en un jardín privado de Les Corts. Me pareció algo temprano, pero me paré y sí... estaba cuajado de flores diminutas y las ramas arrastraban...
¡Una feliz señal!
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miércoles 27 de enero de 2010
HOFFMANN: OLIMPIA
Hace ya cierto tiempo, cuando intentaba recrear una vivencia casi infantil (teníamos 10 u 11 años), al recordar las imágenes reales que conservaba, supe que para narrarlas debía acudir a Hoffmann. Y me salió esto, líneas en las que intentaba narrar un ataque epiléptico de una compañera de clase:
Al volverme vi a Olga Pastor que se levantaba de su asiento como impulsada por una fuerza extraña. La vi allí, en medio del estrecho pasillo que quedaba entre dos filas de pupitres, ya casi a mi lado, y aunque ausente y próxima, la sentí inalcanzable y perdida. Alzaba la cabeza hacia el techo, con los ojos desorbitados. Olimpia, pensé, así sería Olimpia, esa rigidez al andar, la fijeza loca de los ojos, el frío que irradia. Pero no tuve tiempo de extraviarme en aquel vacío. Una súbita colvulsión sacudió a Olga, tumbándola al suelo...
Es decir, releí uno de los más imborrables relatos de Hoffmann: "El hombre de la arena" (Der Sandmann).
Lo editó en 1979, con la exquisitez que lo caracteriza, José J. de Olañeta (un "raro" editor mallorquín, en su inolvdable colección "Pequeña Biblioteca Calamvs Scriptorivs"), acompañando el relato del escritor romántico con un ensayo de Sigmund Freud: "Lo siniestro" (1919).
(Aclaración: la portada de anentonces era toda roja, mucho más inquietante. Pero hay lo que hay. Y carezco de escáner.)
Tomo el mencionado volumen y releo. Y vuelvo a estremecerme. Porque recordaba las líneas maestras del ensayo o interpretación de Freud, y cómo nos avisaba de que en "El hombre de arena" lo siniestro no procede de Olimpia (la muñeca autómata), ni mucho menos se corresponde con la creencia común, que lo vincula con todo lo relacionado con la muerte (cadáveres, espectros, reaparecidos, espíritus), sino que es inherente a la figura del hombre de arena y a la idea o el sentimiento del terror de ser privado de los ojos, una reminiscencia que se origina como aventura o imaginario infantil...
(Edipo, dice Freud, pero yo sobre todo recuerdo a Miguel Strogoff, ¡Dios mío! y hasta podría reproducir el insoportable sufrimiento que vivía cada vez que leía el pasaje en que con un hierro candente... y lo leía y releía... sadismo avant la conscience, sin duda. Pero confieso que jamás pude soportar uno de los típicos juegos del patio escolar: el de la gallinita ciega, de marras)
... pero que pervive como angustia en el adulto.
Bueno, no os voy a resumir el ensayo de Freud. Pero sí aludiré a un par de líneas que me han dejado... inquieta.
Juro que en mi memoria lo que ha permanecido es el cuento de Hoffmann. Pero ahora releo el ensayo de Freud y...
El carácter siniestro de la epilepsia y de la demencia tiene idéntico origen. El profano ve en ellas la manifestación de fuerzas que no sospechaba en el prójimo pero cuya existencia alcanza a presentir oscuramente en los rincones recónditos de su propia personalidad. (pág. 29)
Años más tarde, leía en la colección de bolsillo de Alianza los dos volúmenes de "Cuentos" de Hoffmann, con algunos de cuyos pasajes entretengo o abrumo a los estudiantes de Romanticismo: "El magnetizador" ("Los sueños son espuma... y sin embargo recuerdo bien..."), "La iglesia de los jesuitas de G." (con el perfil del artista romántico), "El Sanctus".
Son tres de los relatos que formaban parte de los Nocturnos (1817), publicados ahora por primera vez en edición completa, en Alba Editorial.
Fue uno de los tomos que me llevé durante mi escapada a Asturias.
Volvió a deleitarme Hoffmann con sus historias fantástico-maravillosas narradas siempre por personajes inquietantes, de sesgadas sonrisas, irónicas las más, aunque alguna es pura melancolía. Volví a preguntarme si se ríe del lector, si juega con él. como hacen algunos narradores con sus oyentes: dejándolos en suspense, omitiendo detalles, sugiriendo... Me encanta la red de narradores que despliega en un mismo cuento, cómo se suceden y se engarzan para expandir el relato (especialmente aquellos que tratan de experiencias psíquicas que bordean la locura u otras alteraciones y sus remedios: el magnetismo, el mesmerismo) en ondas concéntricas que consigue cerrar o devolver al núcleo (a veces de forma algo abrupta, pero casi siempre logrado, ese cierre,) en que regresamos al relato marco... Disfruto con esos escenarios que enmarcan y propician el cuento, la contraposición de los personajes escépticos y descreídos, con los visionarios o sensitivos...
"La casa vacía", o no lo recordaba o lo había olvidado. En él introduce el espejo (tan lacaniano) y nos entrega esta definición que nos ahorra unas cuantas páginas de Todorov:
"... se denomina fantástica toda manifestación del conocimiento y del deseo que no se puede justificar de ninguna forma razonable, pero maravilloso es aquello que se tiene por imposible, por incomprensible, lo que parece superar las fuerzas conocidas de la naturaleza, o, por añadidura mía, ser contrario a su curso habitual". (pág. 165)
Y le hace exclamar, "entre sonoras risas", a una dama loca:
"-¿Ha llegado la muñequita...? ¿Ha llegado bien? ¿Enterrada, enterrada? ¡Oh, Dios mío, con qué elegancia se mueve el faisán dorado! ¿No sabéis nada del verde león de ardientes ojos azules?"
En "La casa vacía", de la fusión de lo fantástico y lo maravillos nace el terror.
Y no me extraña la fascinación que por Hoffmann sintieron algunos de los más grandes: Poe, Dostoievsky, Gógol, Kafka, Freud...
Es decir, releí uno de los más imborrables relatos de Hoffmann: "El hombre de la arena" (Der Sandmann).
Lo editó en 1979, con la exquisitez que lo caracteriza, José J. de Olañeta (un "raro" editor mallorquín, en su inolvdable colección "Pequeña Biblioteca Calamvs Scriptorivs"), acompañando el relato del escritor romántico con un ensayo de Sigmund Freud: "Lo siniestro" (1919).
(Aclaración: la portada de anentonces era toda roja, mucho más inquietante. Pero hay lo que hay. Y carezco de escáner.)
Tomo el mencionado volumen y releo. Y vuelvo a estremecerme. Porque recordaba las líneas maestras del ensayo o interpretación de Freud, y cómo nos avisaba de que en "El hombre de arena" lo siniestro no procede de Olimpia (la muñeca autómata), ni mucho menos se corresponde con la creencia común, que lo vincula con todo lo relacionado con la muerte (cadáveres, espectros, reaparecidos, espíritus), sino que es inherente a la figura del hombre de arena y a la idea o el sentimiento del terror de ser privado de los ojos, una reminiscencia que se origina como aventura o imaginario infantil...
(Edipo, dice Freud, pero yo sobre todo recuerdo a Miguel Strogoff, ¡Dios mío! y hasta podría reproducir el insoportable sufrimiento que vivía cada vez que leía el pasaje en que con un hierro candente... y lo leía y releía... sadismo avant la conscience, sin duda. Pero confieso que jamás pude soportar uno de los típicos juegos del patio escolar: el de la gallinita ciega, de marras)
... pero que pervive como angustia en el adulto.
Bueno, no os voy a resumir el ensayo de Freud. Pero sí aludiré a un par de líneas que me han dejado... inquieta.
Juro que en mi memoria lo que ha permanecido es el cuento de Hoffmann. Pero ahora releo el ensayo de Freud y...
El carácter siniestro de la epilepsia y de la demencia tiene idéntico origen. El profano ve en ellas la manifestación de fuerzas que no sospechaba en el prójimo pero cuya existencia alcanza a presentir oscuramente en los rincones recónditos de su propia personalidad. (pág. 29)
Años más tarde, leía en la colección de bolsillo de Alianza los dos volúmenes de "Cuentos" de Hoffmann, con algunos de cuyos pasajes entretengo o abrumo a los estudiantes de Romanticismo: "El magnetizador" ("Los sueños son espuma... y sin embargo recuerdo bien..."), "La iglesia de los jesuitas de G." (con el perfil del artista romántico), "El Sanctus".
Son tres de los relatos que formaban parte de los Nocturnos (1817), publicados ahora por primera vez en edición completa, en Alba Editorial.
Fue uno de los tomos que me llevé durante mi escapada a Asturias.
Volvió a deleitarme Hoffmann con sus historias fantástico-maravillosas narradas siempre por personajes inquietantes, de sesgadas sonrisas, irónicas las más, aunque alguna es pura melancolía. Volví a preguntarme si se ríe del lector, si juega con él. como hacen algunos narradores con sus oyentes: dejándolos en suspense, omitiendo detalles, sugiriendo... Me encanta la red de narradores que despliega en un mismo cuento, cómo se suceden y se engarzan para expandir el relato (especialmente aquellos que tratan de experiencias psíquicas que bordean la locura u otras alteraciones y sus remedios: el magnetismo, el mesmerismo) en ondas concéntricas que consigue cerrar o devolver al núcleo (a veces de forma algo abrupta, pero casi siempre logrado, ese cierre,) en que regresamos al relato marco... Disfruto con esos escenarios que enmarcan y propician el cuento, la contraposición de los personajes escépticos y descreídos, con los visionarios o sensitivos...
"La casa vacía", o no lo recordaba o lo había olvidado. En él introduce el espejo (tan lacaniano) y nos entrega esta definición que nos ahorra unas cuantas páginas de Todorov:
"... se denomina fantástica toda manifestación del conocimiento y del deseo que no se puede justificar de ninguna forma razonable, pero maravilloso es aquello que se tiene por imposible, por incomprensible, lo que parece superar las fuerzas conocidas de la naturaleza, o, por añadidura mía, ser contrario a su curso habitual". (pág. 165)
Y le hace exclamar, "entre sonoras risas", a una dama loca:
"-¿Ha llegado la muñequita...? ¿Ha llegado bien? ¿Enterrada, enterrada? ¡Oh, Dios mío, con qué elegancia se mueve el faisán dorado! ¿No sabéis nada del verde león de ardientes ojos azules?"
En "La casa vacía", de la fusión de lo fantástico y lo maravillos nace el terror.
Y no me extraña la fascinación que por Hoffmann sintieron algunos de los más grandes: Poe, Dostoievsky, Gógol, Kafka, Freud...
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Escritores extranjeros
lunes 25 de enero de 2010
SERGIO
Los Blogs pueden llegar a ser tan tramposos como la vida misma.
Lo dice quien a menudo ha garabateado entradas en plan juego y... ya lo remataré.
De ahí ciertos desajustes.
Como el de hoy, donde no habrá imágenes.
Conocí a Sergio Beser por persona interpuesta: Raquel Asún (que se nos fue tan pronto), Luis Izquierdo (que aún está, a Dios gracias)...
Ambos tres formaron parte del tribunal (así se decía entonces) que juzgaba mi Tesis Doctoral sobre "La narrativa de Rosa Chacel".
Pero antes, si puede ser antes...
Me formé con los trabajos de Sergi Beser, pese a no haberme decantado por la novela del XIX, donde él fue maestro indiscutible.
Y ésa es la cosa, que diría Roa Chacel: que los maestros... siguen.
Saben muy bien mis alumnos de Narrativa del XX que les ahorro divagaciones accesorias sobre "La estructura narrativa de La voluntad de Azorín" porque en el dossier del curso les fotocopio ese estudio/artículo incontestable de Sergio Beser.
¡Larga vida!
P.D. Juré, aquí y en otras tribunas, que jamás haría necrológicas.
Pero aquí no me pagan. El único reclamo, el dolor.
Lo dice quien a menudo ha garabateado entradas en plan juego y... ya lo remataré.
De ahí ciertos desajustes.
Como el de hoy, donde no habrá imágenes.
Conocí a Sergio Beser por persona interpuesta: Raquel Asún (que se nos fue tan pronto), Luis Izquierdo (que aún está, a Dios gracias)...
Ambos tres formaron parte del tribunal (así se decía entonces) que juzgaba mi Tesis Doctoral sobre "La narrativa de Rosa Chacel".
Pero antes, si puede ser antes...
Me formé con los trabajos de Sergi Beser, pese a no haberme decantado por la novela del XIX, donde él fue maestro indiscutible.
Y ésa es la cosa, que diría Roa Chacel: que los maestros... siguen.
Saben muy bien mis alumnos de Narrativa del XX que les ahorro divagaciones accesorias sobre "La estructura narrativa de La voluntad de Azorín" porque en el dossier del curso les fotocopio ese estudio/artículo incontestable de Sergio Beser.
¡Larga vida!
P.D. Juré, aquí y en otras tribunas, que jamás haría necrológicas.
Pero aquí no me pagan. El único reclamo, el dolor.
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Varia y personalia
jueves 21 de enero de 2010
ASTURIAS: AVILÉS
Fui a Asturias en plan ida por vuelta, en visita de obras.
Reformamos nuestra chabolita en la confianza de que, debido a la crisis, nuestra land no se convierta aún en una nueva Marbella del Norte, como en su día cantaba Sabela en su "Playa de Sanxenso".
Bien, como no había disfrutado de las vacaciones navideñas (ya contaré detalles) había alargado el weekend astur en la confianza de poder desplazarme a Santa Maria del Naranco y San Miguel de Lillo y visitar esas ¿joyas? (son tan austeras) de nuestro románico, pero me falló el enlace y... me quedé un par de días en Castropol, acogida por unos buenos amigos, dado que nuestra chabolita.... estaba impracticable, como por sus radios decían los grises de ciertas calles cuando había manis...
Hubo viento y lluvia y frío, pero también sobró tiempo para pasear por las playas: Penarronda y Arnau, ya sabéis.
Dado que prolongué la escapada un par de días, hube de regresar sola al aeropuerto (a diferencia de la ida, en que alquilamos un coche), dependiendo del transporte público (los Alsa). Entre una cosa y otra tuve bastantes tiempos muertos.
De Castropol a Avilés viajé entretenida con los comentarios de las gentes asiduas a esa ruta y a un horario fijo (trabajadoras domésticas o enfermos que iban al Hospital de Jarrio) y sobre todo con la charleta del veterano conductor que llevaba a su lado al joven que iba a relevarlo y ocuparse de su ruta. Aparte de hablar de la vida en general, el veterano le instruía picarescamente sobre radares, trucos y... ¡ojo aquí!, que esto lo ponen pa pillarnos.
Llegué a Avilés a mediodía y comí en la Sidrería "El Paxaru Pintu", ubicada frente a la estación de autobuses y de Renfe. Por 8 euritos (lo que costaba el menú) me sirvieron una gran fuente de ensalada (que no quise que fuera mixta, aunque es lo que se ofrecía), una sopera de lentejas "al paxaru" (de la que me serví sólo dos platos) y una fuente de carne estofada (llámesele fricandó). Dado que el postre sugerido no me convencía -melón-, me ofrecieron alternativas varias, y me tomé un yogurt.
Entre plato y plato hojeé "La Nueva España", y héte aquí que me enteré del pasado de un casi paisano: Horacio García, fundador de una empresa superexitosa, PANTARAMUNDI, que sirve pan a media Asturias y que ha contribuido a convertir ese encantador núcleo rural (era una especie de Las Hurdes) en marca con denominación de origen (aparte quedan, históricamente, las navajas).
Taramundi es un bellísimo enclave montañés donde, para mi alegría, se refugia, algún verano, Antonio Gamoneda, y entonces nos visitan Amelia y Folo y hablamos de poesía y otras incoveniencias.
Horacio García, arrancado de aquella miseria, emigró a La Haban y tras la Revolución del 59 fue nombrado Jefe de Compra de la Compañía Química Básica. Conoció al Che en su etapa de Ministro de Industria y la mítica foto del guerrillero sigue presidiendo el salón de su casa.. Pero cuando ya en los setenta y puesto que de la Revolución..., pues decide regresar. Tenía que hacerlo sin sacar dinero del país. Hasta que le resuelven el expedienete, sobrevive fabricando sandalias de mujer.
Regresa a Taramundi y pone en marcha la panificadora. ¡Qué hogazas...!
En "La Nueva España" leí muchas otras cosas de interé local, pero decidí irme a pasear apaciblemente por el casco histórico de Avilés, que no pisaba desde hacía mucho tiempo, en esa hora de la sobremesa o la siesta en que todo se aquieta.
Me alegró ver crecer y revivir el casco viejo (mucho más grande que el de Oviedo, por cierto), y pese a las sangrías que sufrió en los setenta: las recuerdo bien. Disfruté viendo rehabilitados algunos de sus edificios más emblemáticos (con lo que todo esto conlleva en la regeneración del tejido social y vital, pese a la crisis), y me detuve ante "La Monstrua".
Luego, zigzagueé por el Parque, con su quiosco y sus héroes.
Después aún tuve tiempo de vagabundear a discreción y...
Se me acerca un yonqui, me pide 50 céntimos para el billete del autobús, que van a casa de sus padres a por una bolsa de comida pero le falta el dinero para el billete de ésa...
Ésa estaba a tres pasos, pero le pude ver los ojos, la mirada turbia y vidriada y el peso en los hombros.
Nada más darles el billete, un renacuajo cincuentón (más o menos igual de acabado, quizás por el alcohol) me espeta o recrimina:
-Señora, pa qué les da dinero a ésos. Ésos con los terroristas, p'allá.
Bien, hace ya algunos años que estoy algo familiarizada con ciertos resabios kafkianos o surrealistas de mis paisanos. Concretamente desde que leí una pintada que decía Franco yera gallegu. Asturias nun ye España. O cuando vi que Ana María Matute o Julio LLamazares se traducían al bable. Sólo que en todos esos casos me faltaba el humor, elemento imprescindible para asimilar el absurdo.
Luego me acerqué a inspeccionar otras obras: el futuro Centro Niemeyer, donde se faena a base de bien.
Vi el edificio de recepción de los futuros visitantes y la programada pasarela de acceso al recinto... Vi las ingentes masas de tierra removida, el esqueleto de hormigón, las máquinas... y recordé las polémicas recogidas en la prensa local.
Regresé lentamente a mi punto de partida bordeando la ría.
Allí, a media tarde, el cielo estaba encapotado pero sería aquí, en la ciudad, donde una lluvia sucia me esperaba.
Todo un pronóstico.
Reformamos nuestra chabolita en la confianza de que, debido a la crisis, nuestra land no se convierta aún en una nueva Marbella del Norte, como en su día cantaba Sabela en su "Playa de Sanxenso".
Bien, como no había disfrutado de las vacaciones navideñas (ya contaré detalles) había alargado el weekend astur en la confianza de poder desplazarme a Santa Maria del Naranco y San Miguel de Lillo y visitar esas ¿joyas? (son tan austeras) de nuestro románico, pero me falló el enlace y... me quedé un par de días en Castropol, acogida por unos buenos amigos, dado que nuestra chabolita.... estaba impracticable, como por sus radios decían los grises de ciertas calles cuando había manis...
Hubo viento y lluvia y frío, pero también sobró tiempo para pasear por las playas: Penarronda y Arnau, ya sabéis.
Dado que prolongué la escapada un par de días, hube de regresar sola al aeropuerto (a diferencia de la ida, en que alquilamos un coche), dependiendo del transporte público (los Alsa). Entre una cosa y otra tuve bastantes tiempos muertos.
De Castropol a Avilés viajé entretenida con los comentarios de las gentes asiduas a esa ruta y a un horario fijo (trabajadoras domésticas o enfermos que iban al Hospital de Jarrio) y sobre todo con la charleta del veterano conductor que llevaba a su lado al joven que iba a relevarlo y ocuparse de su ruta. Aparte de hablar de la vida en general, el veterano le instruía picarescamente sobre radares, trucos y... ¡ojo aquí!, que esto lo ponen pa pillarnos.
Llegué a Avilés a mediodía y comí en la Sidrería "El Paxaru Pintu", ubicada frente a la estación de autobuses y de Renfe. Por 8 euritos (lo que costaba el menú) me sirvieron una gran fuente de ensalada (que no quise que fuera mixta, aunque es lo que se ofrecía), una sopera de lentejas "al paxaru" (de la que me serví sólo dos platos) y una fuente de carne estofada (llámesele fricandó). Dado que el postre sugerido no me convencía -melón-, me ofrecieron alternativas varias, y me tomé un yogurt.
Entre plato y plato hojeé "La Nueva España", y héte aquí que me enteré del pasado de un casi paisano: Horacio García, fundador de una empresa superexitosa, PANTARAMUNDI, que sirve pan a media Asturias y que ha contribuido a convertir ese encantador núcleo rural (era una especie de Las Hurdes) en marca con denominación de origen (aparte quedan, históricamente, las navajas).
Taramundi es un bellísimo enclave montañés donde, para mi alegría, se refugia, algún verano, Antonio Gamoneda, y entonces nos visitan Amelia y Folo y hablamos de poesía y otras incoveniencias.
Horacio García, arrancado de aquella miseria, emigró a La Haban y tras la Revolución del 59 fue nombrado Jefe de Compra de la Compañía Química Básica. Conoció al Che en su etapa de Ministro de Industria y la mítica foto del guerrillero sigue presidiendo el salón de su casa.. Pero cuando ya en los setenta y puesto que de la Revolución..., pues decide regresar. Tenía que hacerlo sin sacar dinero del país. Hasta que le resuelven el expedienete, sobrevive fabricando sandalias de mujer.
Regresa a Taramundi y pone en marcha la panificadora. ¡Qué hogazas...!
En "La Nueva España" leí muchas otras cosas de interé local, pero decidí irme a pasear apaciblemente por el casco histórico de Avilés, que no pisaba desde hacía mucho tiempo, en esa hora de la sobremesa o la siesta en que todo se aquieta.
Me alegró ver crecer y revivir el casco viejo (mucho más grande que el de Oviedo, por cierto), y pese a las sangrías que sufrió en los setenta: las recuerdo bien. Disfruté viendo rehabilitados algunos de sus edificios más emblemáticos (con lo que todo esto conlleva en la regeneración del tejido social y vital, pese a la crisis), y me detuve ante "La Monstrua".
Luego, zigzagueé por el Parque, con su quiosco y sus héroes.
Después aún tuve tiempo de vagabundear a discreción y...
Se me acerca un yonqui, me pide 50 céntimos para el billete del autobús, que van a casa de sus padres a por una bolsa de comida pero le falta el dinero para el billete de ésa...
Ésa estaba a tres pasos, pero le pude ver los ojos, la mirada turbia y vidriada y el peso en los hombros.
Nada más darles el billete, un renacuajo cincuentón (más o menos igual de acabado, quizás por el alcohol) me espeta o recrimina:
-Señora, pa qué les da dinero a ésos. Ésos con los terroristas, p'allá.
Bien, hace ya algunos años que estoy algo familiarizada con ciertos resabios kafkianos o surrealistas de mis paisanos. Concretamente desde que leí una pintada que decía Franco yera gallegu. Asturias nun ye España. O cuando vi que Ana María Matute o Julio LLamazares se traducían al bable. Sólo que en todos esos casos me faltaba el humor, elemento imprescindible para asimilar el absurdo.
Luego me acerqué a inspeccionar otras obras: el futuro Centro Niemeyer, donde se faena a base de bien.
Vi el edificio de recepción de los futuros visitantes y la programada pasarela de acceso al recinto... Vi las ingentes masas de tierra removida, el esqueleto de hormigón, las máquinas... y recordé las polémicas recogidas en la prensa local.
Regresé lentamente a mi punto de partida bordeando la ría.
Allí, a media tarde, el cielo estaba encapotado pero sería aquí, en la ciudad, donde una lluvia sucia me esperaba.
Todo un pronóstico.
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