Estos días, a raíz de la muerte de Francisco Ayala, recuerdo que este verano tuve noticia de algunas cosas que desconocía de su biografía y que leí alguna de sus cartas.
Acudía a un acto celebrado en la espléndida Casa de Cultura de mi pueblo (un bellísimo inmueble donado por unos patricios altruistas, posteriormente habilitado con escrupulosa delicadeza), donde se presentaba un minucioso y quizás definitivo ensayo sobre Álvaro Fernández Suárez, veigueño o vegadense ilustre, e intelectual de relieve en la España republicana, que siempre llevó a cuestas la memoria de su pequeño país.
Fue un ensayista admirado -incluso por sus adversarios ideológicos: Maeztu, sin ir más lejos- debido a su penetración analítica y a su agudeza expresiva, y también por su independencia de criterio, apreciable en el hecho de que se fogueó en un periódico libertario -"La Tierra"- y, sobre todo, en el libro que le dio más y temprana fama, "Futuro del mundo occidental" (en diálogo disidente con el famoso título de Spengler, "La decadencia de occidente").
En aquella Edad de Plata, Álvaro Fernández Suárez se codeó con los mejores cráneos de la II República, eso sí, y fue contertulio de Valle-Inclán y otros memorables. Y por supuesto, trató a Augusto Barcia Trelles, nacido también en Vegadeo (¡Hale, hale!) y Ministro de Estado en cuatro gobiernos sucesivos de la II República, además de efímero presidente (durante cuatro días) de la misma durante un gobierno de transición que duró -literalmente- cuatro días, en mayo de 1936.
(No es de extrañar, lo de efímero.)
Hace tres años rendimos Homenaje a Álvaro Fernández Suárez en unas jornadas donde yo hablé de su novela "Hermano perro" (al poco rescatada en la Biblioteca del Exilio, con prólogo de Soldevila Durante, toda una autoridad), y otros ilustres colegas glosaron las varias caras de este personaje curioso e inquieto. Lo hizo, entre otros, el joven Luis Casteleiro, que acaba de dedicarle a nuestro común paisano un grueso volumen biobibliográfico (KRK Ediciones, 2009)
Nacido en Vegadeo, en 1906, la infancia retorna incesante en textos de la madurez cuando los vientos de la Historia lo llevaron a descargar fardos en el puerto de Montevideo en el primer exilio y... sobrevivir como pudo, aunque enseguida lo rescataron (León Felipe, entre otros), y entonces, entre otros medios, colaboró asiduamente en "Marcha", en los primeros años curarenta, justo cuando uno de los colaboradores del semanario era Juan Carlos Onetti, ni más ni menos.
Bien, pero antes Álvaro Fernández Suárez se había codeado con los más ilustres representantes de la intelectualidad republicana, cuyo destino sufrió: en Madrid, Valencia y Barcelona. Tuvo un exilio discreto, aunque colaboró en el citado semanario "Marcha" y en la revista "Sur", de Victoria Ocampo, aparte de en otras publicaciones como "Realidad", gobernada por Francisco Ayala, su compañero de milicias.
De esos años proceden las cartas; y de ellas, mi recuerdo.
Álvarez Fernández Suárez regresó del exilio en 1954. Justo entonces escribió uno de sus más entrañables relatos, "Un pequeño país de cuento", en el que describe (con nostalgia) ese espacio en el que entonces correteaba -como luego yo y mis hijos-: la Ría del Eo (que no de Ribadeo, como reza en según qué mapas, y ya os contaré porqué) y las villas que yacen a lo largo de sus orillas: Figueras, Castropol, Vegadeo y, ya en la raya gallega, Ribadeo.
Son esas evocaciones de la niñez lo que más me convence de su faceta literaria:
"Hay un país pequeño con un pequeño tren y un brazo de mar pequeño por donde navegan pequeños barcos, echando humo.
Este país existe. Ni fue soñado, ni es un juguete..."
(Digamos que, de momento, al menos parte de ese pequeño país sigue existiendo y yo ya me conformo con que mis hijos hayan podido verlo y sentirlo, pero claro, la edad... ¿Y los nietos nonatos? Bien, gracias a la crisis, quizás, quizás, quizás...)
En la obra de Álvaro Fernández Suárez me conmueve y reconforta, sobre todo, la salvación ya no tanto de las cosas (que también, según proclamaba Ortega) como de las vidas.
Mi padre, cuando una vez reseñé el libro de Shirley Manginy sobre las mujeres republicanas, me dijo: Has de hacerme fotocopia para dársela a la Miss: una mujer de belleza extraordinaria, que él recordaba en aquellos años -mi padre nació en el 25- porque la vio desfilar pelona e insultada y... (¡menuda historia, cuando la feroz represión franquista en aquellosprimeros años en que al general episcopal, de Asturias, sólo le interesaba el solar).
A otro registro pertenecía el relato de las exquisitas cañas de crema confitadas por Alvariño (éstas aún las recuerdo, creo), o las magníficas tartas de almendra y brazos de gitano de Bautista (el obrador que confeccionaba los dulces u demás: sigue existiendo, sin perder un ápice de la sublimidad de entonces: pregúntenles a mis hijos), o las disparatadas salidas de Naina y su prodigioso ingenio (un borrachín excepcional, que lo mismo ejercía de limpiabotas y dejaba a los paisanos a medias, si el reloj del ayuntamiento daba la una de la tarde, hora en que también cerraban los comercios y él.. pues lo mismo, o se paseaba por las calles preguntando cuántas truchas querían fulana y zutana y volvía de pescar con el canasto lleno de las piezas que le habían pedido), de aquel otro paciente a quien, recomendándole una cena ligera volvía al poco reventado porque... ¿Hay algo más ligero que una liebre?
Por todo eso, por venir yo de allí, Álvaro Fernández Suárez me resulta más convincente cuando retrata a alguno de los lugareños, como Ramón, el herrero:
"No tenía nunca nada que decir. Silenciosamnete tiraba de la cuerda del fuelle de la fragua; silenciosamnete sacaba el hierro rojo del hogar y silenciosamnete lo machacaba sobre el yunque espantando encendidos meteoros. Silenciosamente se emborrachaba los sábados en compañía de un amigo silencioso y permanecía en beatitud todo el día festivo. [...] Ramón no era callado porque ocultase algún misterioso tormento en el alma. Era callado porque el espectáculo del universo no le sugería ninguna observación..."
¡Sabiduría!
Regresado a España, volvió a tener cierta resonancia cuando publicó....
(Ilustraciones del sufrido Nico)