jueves, 10 de diciembre de 2009

DE MOSTRADOR EN MOSTRADOR

Últimamente, he ido de mostrador en mostrador (por aquello de los médicos y análisis y demás).
(Y no os cuento las peripecias porque: o las contextualizo y relato con profusión de detalles ... o mi reputación quedaría maltrecha).

Iba de mostrador en mostrador y al ver a aquellas chicas o mujeres que me atendían: a mí, cara a cara; al teléfono, mediante el aparatito que llevaban hincado en la oreja; y a la pantalla del ordenador...

... recordé a los románticos y su proverbial profilaxis: sus advertencias sobre el crecimiento de lo racional e instrumental (ayudada por el ensayo de Safransky, que sigo recomendando, entre otras cosas porque es una buena síntesis y porque ya no se encuentran en "el mercado" los clásicos de Schenk, Bowra, Abrams, Béguin, Berlin, Bowra y demás... Están en la Bibliografía, recuerdo).







Total, que iba yo de mostrador en mostrador y... recordando los asuntos pendientes...

Por ejemplo, retorcerle el cuello a la edición de Si te dicen que caí, de Juan Marsé.
Es decir, pulir las anotaciones al texto y demás...







(Y es que es difícil cerrar. Sobre un hallazgo stendhaliano de última hora, acabo de encontarme con una referencia irreverente de Casavella sobre el lokal Shanghai (un baile taxi del que Marsé habla en su novela), luego rebautizado Bolero, pero... ¿a quién le importa eso? ¿Alguien recuerda al gran Casavella?).


Y además... consignar (que se decía) las variantes y esas cositas (¿le importarán a alguien? ¿subsistirán los filólogos?

Porque si en el Carmelo yo escuchaba ¿alegremente? a Jacques Brel, en las páginas de la novela resuenan otras coplas.
Por ejemplo, ésta.






Sólo que los mostradores del "Tatuaje", de la Piquer (es decir, doña Concha), no han sido estos míos recientes.





miércoles, 2 de diciembre de 2009

MUJERES MALTRATADAS


Estas jornadas de reposo y de sobredosis de actualidad televisiva (ante la imposibilidad de leer), al llegar a la correspondiente al Día de las mujeres maltratadas recordé que dejé mis clases interrumpidas cuando trataba de explicar a los alumnos lo escasamente conmovida que me siento al leer la poesía de Espronceda.






Y les conté que, alertada por don Antonio Machado (a través de su Juan de Mairena), descubrí muy pronto al cínico que yace tras la máscara pública. Que José Moreno-Villa aseguraba (en el prólogo a las Poesías de Espronceda publicadas por Espasa-Calpe en 1923) que en esos años muy pocos retenían en la memoria más de un par de versos del celebrado vate. Que Gabriel Celaya -en Inquisición de la poesía- tampoco me ayudó mucho a estimular la devoción por Espronceda, que Guillermo Carnero fue aún más cáustico, desbaratando la leyenda roja y la pretendida poesía social. Y que Rosa Chacel al asediar los versos que Espronceda le dedicó a su célebre amante, Teresa Mancha, en el Canto III de El Diablo Mundo, llega a conclusiones irrefutables, aceptando sólo aquellos que hablan de un espíritu indomable, absolutamente atípico en la España de su época, porque aquella mujer había sido una de esas figuras que se proyectaron en la pantalla de la historia con un perfil muy singular pero cuya vida y hechos habían quedado desdibujados o silenciados casi por completo.

Teresa Mancha fue un personaje de nuestro romanticismo que, como tantos otros, hizo acto de presencia en la vida misma antes que en las letras.


AQUÍ DEBERÍA IR UN RETRATO DE TERESA, PERO QUEDA UNO, Y DESDE LUEGO NO SE ENCUENTRA EN LA RED. ¡curioso!


Porque si el Canto fue el mundo de Teresa, y todo lo que ella podía esperar de su amante se contenía en esos versos, Rosa Chacel al escribir la biografía-novelada, Teresa (hay una reciente edición en Visor, 2007) decide medirlo y sopesarlo con cuidado, estudiándolo detenidamente hasta obtener una cuidadosa representación plástica. El resultado no le convenció: a pesar de los sentimientos desgarrados, de la profusión de exclamaciones, alaridos y quejas, a la escritora le parecía que “en el Canto toda nota dolorosa, para un buen oído, desafinaba un poco. Era poco, cuestión de una milésima de tono, pero cantaba en falso”.


Y no es que estemos instalados en el fácil territorio de cierta apologética feminista. Porque es el juicio que más tarde haría Jaime Gil de Biedma en su estudio sobre la poesía de Espronceda -más piadoso y comprensivo que los poetas anteriores-, recogido en El pie de la letra, donde escribe: “Pero la persona de ésta [Teresa], tan despiadadamente reducida a mero simbólico trasunto, se venga haciendo que la formulación de los sentimientos del poeta resulte inadecuada y moralmente incoherente”.


Lo admirable es comprobar cómo Rosa Chacel, desoyendo la versión oficial de aquella historia y sin atender al estado de opinión generalizado y admitido, consigue rescatar el alma de Teresa y mostrarnos una mujer que fue ejemplo de libertad y de vida, rescatándola del fango y desoyendo las turbias anécdotas y la “almibarada blasfemia” que se habían vertido sobre Teresa Mancha, para hacerle encarnar los más profundos valores del Romanticismo, al par que astillaba la máscara esproncediana, muy en sintonía con el sentir de los poetas de su generación, que de nuestro romanticismo sólo respetaban a Larra y Bécquer.







De modo que fue el espíritu de Larra el que Rosa Chacel tuvo continuamente en cuenta al ponerse ante el romanticismo, y con él trató de imaginar a Teresa. No fue un capricho. Muchos años después, en sus Memorias (Los pasos contados), otro prosista de la generación, Corpus Barga, afirmaría que el suicidio de Larra y la muerte de Teresa son los dos hechos que nos brindan la verdadera y más profunda estampa del Madrid romántico:



“¿Cómo no se ha hecho la película del Madrid romántico, con el suicidio de Larra? Habría que hacerla con el suicidio de Larra y la muerte de Teresa Mancha, ocurrida dos años después… La película de dos amores desdichados. El amor del prosista escéptico y burlón hizo de él la víctima. El del poeta de los ayes y los apóstrofes hizo víctima a ella… De los dos amantes, el poeta y el prosista, desesperados por haber perdido en el mayor juego de envite y azar, el del amor y la muerte, el prosista fue poeta, el romántico, se mató; el poeta fue burgués, se aprovechó, escribió un poema. Hay una magnífica película (por hacer) en los dos amores desdichados del primer romanticismo español, con sus dos musas cruzadas; la caída, la perdida, para el poeta burgués, y la burguesita, la arregladita, para el prosista inconforme. Si Espronceda hubiera sido el amante de Dolores y Larra el de Teresa, Larra no se hubiera suicidado ni Espronceda hubiera escrito su Canto.





Fácil, demasiado fácil sería pensar que tal vez en estos hechos Rosa Chacel estuviera cargando las tintas a favor de su heroína, pero hay otras prestigiosas voces que coinciden con la de ella. Algunas las he mencionado ya, pero también quiero añadirles la valoración que hace Unamuno en un pasaje de “Sobre Don Juan Tenorio”, un artículo de 1908 recogido en Mi religión y otros ensayos breves, donde aventura que, de no haber muerto en la flor de sus años, el donjuanesco poeta habría llegado a ser ministro –y ministro moderado, puntualiza-, “porque Espronceda, a pesar de la calentura progresista de su primera mocedad –calentura que fue la causa de que llegara a conocer a Teresa Mancha-, llevó siempre dentro de sí un reaccionario, o mejor dicho, un hombre que no quiso detenerse a sondar ciertos problemas. Su famosa desesperación, a la moda byroniana, era más retórica que otra cosa. Espronceda no pudo dudar de ciertas cosas porque jamás pensó en ellas en serio”, concluye Unamuno.






Aun así, seguiré con nuestros románticos canónicos (que no son los verdaderos).

martes, 1 de diciembre de 2009

PIRATERÍA

Me ha parecido interesante esta nota que me envía Pepo Paz, editor de Bartleby. Y muy especialmente, el debate que la entrada de su Blog está generando.




http://pepopazsaz.blogspot.com/

Piratas en casa (no sólo en el Índico)

Los que apostamos por una obra literaria, los que ponemos nuestro patrimonio en juego porque creemos en la edición, en la Literatura, en que la lectura de libros es una vía que nos hace crecer y ser mejores, estamos desprotegidos frente a los piratillas. Aunque estos se crean muy graciosos. Abren hoy los diarios con una noticia importante: La Ley de Economía Sostenible permitirá que se corte el acceso a Internet a quienes piratean los contenidos. Es el caso del siguiente blog: Neorrabioso. Como podéis ver, hasta siete obras editadas por Bartleby en los dos-tres últimos años han sido saqueadas y están expuestas al pillaje virtual. Además, como he sido educado y le he pedido, por favor, que retire esos contenidos, le tengo que dar las gracias. Ya veis cómo están las cosas. Encima tenemos suerte de que no le hayan gustado otras tantas. O de que no haya tenido tiempo para teclear los contenidos en su blog.

Pues bien: desde este mismo momento, y amparados por la cobertura jurídica que nos ofrece la Asociación de Editores de Madrid, vamos a levantar acta notarial de todas las violaciones de nuestros derechos en internet y proceder judicialmente contra quienes ejerzan la piratería contra ellos. Por el bien de todos pero, en especial, de los autores que crean y, también, de los traductores que trabajan en la soledad de sus habitaciones intentando sacar los mejor de sí mismos para que los lectores accedan a la obra de esos autores. Si tenemos buenas traducciones es, simplemente, porque trabajamos con buenos traductores. Y el que piratea los contenidos de nuestros libros debe de saber que no nos está haciendo ningún favor: ni a Bartleby como editorial (ya tenemos otros medios para llegar a los lectores), ni a los traductores ni a los autores de la obra original.

martes, 24 de noviembre de 2009

ANUNCIOS

Alguien muy cercano a este Blog me informó de una feliz coincidencia.

Él no la llamó así pero yo, instalada en pleno Romanticismo en uno de mis cursos, me siento algo tocada por la ironía de aquéllos, "que no se agota ni de lejos con la conocida figura retórica por la que se dice algo y a la vez se deja entrever que se piensa otra cosa, quizás incluso lo contrario de lo dicho". Aparte la ironía socrática, que también conocían los románticos, hasta entonces la ironía se consideraba "una figura retórica, o también un método literario, situado en algún lugar entre el humor, la burla y la sátira". Pero Friedrich Schlegel decide romantizar la ironía y... entonces empieza el gran juego.

Todo esto lo explica muy bien Rüdiger Safransky en Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán. Barcelona, Tusquets Editores, 2009, p. 59 y ss.






Bien, el caso es que me hablan de esa feliz coincidencia y de golpe me acuerdo de un eslogan publicitario, lo que a su vez me lleva a recordar un libro que había ojeado, pero que no había podido saborear a fondo.

Sin embargo, estos días en que la fiebre y otras perturbaciones derivadas de la gripe me impedían sentirme Flex y abordar lecturas más enjundiosas, confieso mi gratitud para con Sergio Rodríguez, autor de Busque, compare, y si encuentra un libro mejor, ¡Cómprelo!, publicado recientemente en Electa.







Y me entretuve con los recuerdos que iban aflorando.

Confieso ser de las que se sabían de memoria la canción del Cola-Cao, porque era adicta a un programa radiofónico llamado "Matilde, Perico y Periquín", y me encantaban las travesuras de aquel gamberrete.

Solía contárselo y cantársela a mis hijos y acaso por eso se pasaron al Nesquick.







¿Y qué decir de la Familia Telerín? Aquí no voy a vanagloriarme de recordar la cancioncilla, pero sí de acordarme de corrido de Cleo, Tete, Maripí, Pelusín, Colitas y Cuquín... Mis simpatías las tenía ganadas este otro desobediente y no sus hermanos, con nombres muy de ...





Admito que sigo siendo adicta a las aceitunas "La Española", acaso por cosa de los astros, pues ese anuncio es de 1957.

Y que me encantaba el capuchón de papel de seda de "La Casera" y que mi hermano mayor desataba mis instintos cainitas cuando me lo arrebataba, lo inflaba de aire y... ¡plop!
Desolación de ¿la quimera?
No, del goce del tacto.





El anuncio de "Terry me va" también me gustaba, a qué negarlo: aquel paseo de aquella chica-amazona, que resultó ser una peluquera de la calle Mandri (según contaba mi tío Alessandro, por entonces aparejador de la inmobiliaria Lamaro, que construí allí y en otros barrios menos nobles).


Luego ya fui creciendo, y me volví... ¿irónica?
El caso es que las muñecas de Famosa... se dirigen al portal y lo de volver a casa por Navidad y el gustirrinín de la Filomatic y el atún calvo, claro....

Pero estos días repaso esas imágenes y recuerdo...

Y me pregundo qué será la memoria de la infancia de aquellos que irán a crecer sin anuncios (como mis hipotéticos nietos).

Y me pongo melancólica.
Y me inquieto.
¿Será cosa del Romanticismo?, me pregunto.






viernes, 20 de noviembre de 2009

Paisanaje

Estos días, a raíz de la muerte de Francisco Ayala, recuerdo que este verano tuve noticia de algunas cosas que desconocía de su biografía y que leí alguna de sus cartas.






Acudía a un acto celebrado en la espléndida Casa de Cultura de mi pueblo (un bellísimo inmueble donado por unos patricios altruistas, posteriormente habilitado con escrupulosa delicadeza), donde se presentaba un minucioso y quizás definitivo ensayo sobre Álvaro Fernández Suárez, veigueño o vegadense ilustre, e intelectual de relieve en la España republicana, que siempre llevó a cuestas la memoria de su pequeño país.

Fue un ensayista admirado -incluso por sus adversarios ideológicos: Maeztu, sin ir más lejos- debido a su penetración analítica y a su agudeza expresiva, y también por su independencia de criterio, apreciable en el hecho de que se fogueó en un periódico libertario -"La Tierra"- y, sobre todo, en el libro que le dio más y temprana fama, "Futuro del mundo occidental" (en diálogo disidente con el famoso título de Spengler, "La decadencia de occidente").



En aquella Edad de Plata, Álvaro Fernández Suárez se codeó con los mejores cráneos de la II República, eso sí, y fue contertulio de Valle-Inclán y otros memorables. Y por supuesto, trató a Augusto Barcia Trelles, nacido también en Vegadeo (¡Hale, hale!) y Ministro de Estado en cuatro gobiernos sucesivos de la II República, además de efímero presidente (durante cuatro días) de la misma durante un gobierno de transición que duró -literalmente- cuatro días, en mayo de 1936.
(No es de extrañar, lo de efímero.)







Hace tres años rendimos Homenaje a Álvaro Fernández Suárez en unas jornadas donde yo hablé de su novela "Hermano perro" (al poco rescatada en la Biblioteca del Exilio, con prólogo de Soldevila Durante, toda una autoridad), y otros ilustres colegas glosaron las varias caras de este personaje curioso e inquieto. Lo hizo, entre otros, el joven Luis Casteleiro, que acaba de dedicarle a nuestro común paisano un grueso volumen biobibliográfico (KRK Ediciones, 2009)






Nacido en Vegadeo, en 1906, la infancia retorna incesante en textos de la madurez cuando los vientos de la Historia lo llevaron a descargar fardos en el puerto de Montevideo en el primer exilio y... sobrevivir como pudo, aunque enseguida lo rescataron (León Felipe, entre otros), y entonces, entre otros medios, colaboró asiduamente en "Marcha", en los primeros años curarenta, justo cuando uno de los colaboradores del semanario era Juan Carlos Onetti, ni más ni menos.
Bien, pero antes Álvaro Fernández Suárez se había codeado con los más ilustres representantes de la intelectualidad republicana, cuyo destino sufrió: en Madrid, Valencia y Barcelona. Tuvo un exilio discreto, aunque colaboró en el citado semanario "Marcha" y en la revista "Sur", de Victoria Ocampo, aparte de en otras publicaciones como "Realidad", gobernada por Francisco Ayala, su compañero de milicias.
De esos años proceden las cartas; y de ellas, mi recuerdo.










Álvarez Fernández Suárez regresó del exilio en 1954. Justo entonces escribió uno de sus más entrañables relatos, "Un pequeño país de cuento", en el que describe (con nostalgia) ese espacio en el que entonces correteaba -como luego yo y mis hijos-: la Ría del Eo (que no de Ribadeo, como reza en según qué mapas, y ya os contaré porqué) y las villas que yacen a lo largo de sus orillas: Figueras, Castropol, Vegadeo y, ya en la raya gallega, Ribadeo.









Son esas evocaciones de la niñez lo que más me convence de su faceta literaria:

"Hay un país pequeño con un pequeño tren y un brazo de mar pequeño por donde navegan pequeños barcos, echando humo.
Este país existe. Ni fue soñado, ni es un juguete..."

(Digamos que, de momento, al menos parte de ese pequeño país sigue existiendo y yo ya me conformo con que mis hijos hayan podido verlo y sentirlo, pero claro, la edad... ¿Y los nietos nonatos? Bien, gracias a la crisis, quizás, quizás, quizás...)

En la obra de Álvaro Fernández Suárez me conmueve y reconforta, sobre todo, la salvación ya no tanto de las cosas (que también, según proclamaba Ortega) como de las vidas.

Mi padre, cuando una vez reseñé el libro de Shirley Manginy sobre las mujeres republicanas, me dijo: Has de hacerme fotocopia para dársela a la Miss: una mujer de belleza extraordinaria, que él recordaba en aquellos años -mi padre nació en el 25- porque la vio desfilar pelona e insultada y... (¡menuda historia, cuando la feroz represión franquista en aquellosprimeros años en que al general episcopal, de Asturias, sólo le interesaba el solar).

A otro registro pertenecía el relato de las exquisitas cañas de crema confitadas por Alvariño (éstas aún las recuerdo, creo), o las magníficas tartas de almendra y brazos de gitano de Bautista (el obrador que confeccionaba los dulces u demás: sigue existiendo, sin perder un ápice de la sublimidad de entonces: pregúntenles a mis hijos), o las disparatadas salidas de Naina y su prodigioso ingenio (un borrachín excepcional, que lo mismo ejercía de limpiabotas y dejaba a los paisanos a medias, si el reloj del ayuntamiento daba la una de la tarde, hora en que también cerraban los comercios y él.. pues lo mismo, o se paseaba por las calles preguntando cuántas truchas querían fulana y zutana y volvía de pescar con el canasto lleno de las piezas que le habían pedido), de aquel otro paciente a quien, recomendándole una cena ligera volvía al poco reventado porque... ¿Hay algo más ligero que una liebre?



Por todo eso, por venir yo de allí, Álvaro Fernández Suárez me resulta más convincente cuando retrata a alguno de los lugareños, como Ramón, el herrero:

"No tenía nunca nada que decir. Silenciosamnete tiraba de la cuerda del fuelle de la fragua; silenciosamnete sacaba el hierro rojo del hogar y silenciosamnete lo machacaba sobre el yunque espantando encendidos meteoros. Silenciosamente se emborrachaba los sábados en compañía de un amigo silencioso y permanecía en beatitud todo el día festivo. [...] Ramón no era callado porque ocultase algún misterioso tormento en el alma. Era callado porque el espectáculo del universo no le sugería ninguna observación..."


¡Sabiduría!

Regresado a España, volvió a tener cierta resonancia cuando publicó....









(Ilustraciones del sufrido Nico)

domingo, 15 de noviembre de 2009

MADRID : RETORNOS

Ando con Bécquer en uno de los cursos, y quizá por eso me viene a la memoria lo de "No digáis que agotado su tesoro, de asuntos falta, enmudeció la lira...".

Y es que siento que me quedan muchas cosas que contar, a raíz del reciente viaje a Madrid. Pero si no escribo más aquí, no es por falta de ideas sino de tiempo.

En cualquier caso, como suelo aprovechar los periodos de docencia para actualizar las lecturas pertinentes, estos días leo, a rachas (la estructuración en capítulos independientes lo permite) un ensayo de autoría múltiple: Heroínas y patriotas. Mujeres de 1808 (Cátedra, 2009)







Los adictos al Blog (véase la entrada sobre Jovellanos) y los alumnos que me sufren esta temporada ya saben que no soy nada entusiasta del Evento de 1808, porque, pese a la lectura "romántica", el pueblo se levantó a defender a Dios y al Rey. Y como dijo un personaje de Zarraluki, si el timbaler del Bruc, en vez de ponerse a tocar el tambor, se tocase los... otro gallo nos hubiese cantado.

Bien, pero voy leyendo el libro. Y averiguo porqué el madrileño Barrio de Maravillas pasó a llamarse Malasaña, en honor a una muchachita de diecisiete años, Manuela Malasaña, fusilada porque (versión mítica) se la halló en el Parque de Artilleros llevándole cartuchos a su padre (un panadero) durante la revuelta, o bien porque (versión real) cuando regresaba del taller de costura a su casa le encontraron en un bolsillo las tijerillas que necesitaba para su labor de aprendiz de modista.
El libro rastrea de manera ejemplar las varias versiones de estas heroínas del 1808, en escenarios múltiples, y sin recurrir a los clisés de los estudios de género.
Deliciosa es también la estampa de María García, "la Tinajera", actuando en la Serranía de Ronda; la de María del Carmen Silva, la Robespierre española (heroína y periodista de guerra avant la lettre); o la de Emilia Duguermeur de Lacy y su liderazgo en el núcleo de aquel liberalismo temprano.





Esta lectura me recuerda que en esa reciente visita a Madrid, en mi habitual escapada al Museo del Prado, esta vez le di prioridad a las recién inauguradas salas del XIX.

Y sí, me encontré con todo un clásico: el lienzo de Padilla del que os hablé (mejor dicho, lo hicieron otros ilustres) en la entrada "La reina loca".






Tampoco me perdí la "Ejecución de Torrijos y sus compañeros", de Gisbert, en parte porque este verano lo había tenido muy presente: no en vano es un elemento central de Si te dicen que caí, ya que el lienzo está reproducido en la alfombra del piso del señorito Conrado Galán y, en la novela, hay una escena soberbia en la que se hace confluir ese elemento decorativo y artificioso, sobre el que Java y Aurora escenifican para el voyeur sus juegos eróticos, con el relato de las ejecuciones reales en el Campo de la Bota, incluida la del guerrillero Artemi :

"Sobre la luz de gas derramada en la playa ficticia de la alfombra, intentaría concentrarse en el caprichoso poder del que dispuso la espectral escena y en el rumor expectante del mar, en la arrogante aceptación de la derrota mirando más allá de la muerte, en la crispación de los puños maniatados y de las lívidas caras donde asomaba la sequedad del hueso, una carne yerta que mucho antes de sonar la descarga ya había dejado de recibir el flujo de la sangre. Uno de los condenados parecía que no se tenía en pie. La playa se repetía en sus ojos como una desolación sin nombre.[…] Por todos los medios tratarían los civiles de mantenerlo erguido, pero él se dejaba caer. El pelotón se puso nervioso. El oficial ordenó que lo sostuvieran por los sobacos. Pero al soltarlo, en el último momento, volvía a caer y el oficial desistió. La primera descarga lo pilló sentado, la cabeza sobre el pecho, las manos atadas chapoteando en el charco, como un niño jugando a la orilla del mar. (p. 326)







Lo que me lleva a recordar que también Javier Marías en Tu rostro mañana III. Veneno y sombra y adiós, acudió a ese lienzo, y lo glosa magníficamente en la página 182 y siguientes, entreverando su discurso con los versos del romance lorquiano:

"... y allí estaban los frailes, que jamás han faltado en nuestros acontecimientos sombríos... uno leyendo o rezando y dos tapando miradas, los tres agoreros, el pelotón de ejecución más atrás, a la espera y difuminado ("Grandes nubes se levantan sobre la tierra de Mijas"), es posible que el que lo comandaba dejara caer el pañuelo blanco que sujeta en su mano izquierda, quizá desde la punta del sable, a la vez que gritaba ¡Fuego!".





(Cuando lo de Bolonia arrecie, a los alumnos de Narrativa del XX les pondré un trabajo "comparativo" y "estilístico" sobre el tema. ¡AVISO!)

Apaciguémonos...


En esa escapada a El Prado, de las nuevas salas donde se exhiben las pinturas del XIX tal vez la que más me cautivó fue la dedicada a Aureliano de Beruete y Compañía. (Acaso porque esas otras telas "históricas" las tenía más presentes.)

Creo que de Carlos Haes sólo había visto hasta entonces una pequeña (pero inmensa) acuarela en Zaragoza, en una Expo sobre el agua. Reproducía una catarata: rústica y elemental, como la que cualquier paseante se encuentra en....
Ahora vi otras de sus piezas






Y también las pinturas de Aureliano de Beruete. No sólo la serie sobre el Guadarrama sino también los paisajes de Cuenca y Toledo y...


Lo que me confirma en lo apuntado en mis clases al hablar de Camino de perfección, cuando comentaba cómo a finales de XIX, y coincidiendo con la expansión de Madrid y la construcción de una vía férrea que acercaba la capital a las cumbres, los pintores de nuestra escuela realista, con Carlos Haes –que además ejercía su influencia desde su cátedra de paisaje en la Escuela de San Fernando– y Aureliano de Beruete a la cabeza, emprendieron el descubrimiento del Guadarrama, con un especial empeño en captar la luz y la refinada atmósfera de la sierra en su delicada gama de grises.







En la literatura, fue don Francisco Giner de los Ríos, a través de las Institución Libre de Enseñanza,uno de los principales divulgadores del gusto por la sierra. Conocidas son las caminatas y excursiones de Giner por los pueblos de los alrededores de Madrid hasta el punto de hacer de esas salidas y excursiones (o de viajes culturales más extensos) un signo y un emblema institucionista. En 1885, según relata su discípulo Manuel Cossío, Giner llevó a cabo la primera de sus expediciones al Guadarrama –ya cantado por nuestro romántico García Tassara, según Unamuno nos recuerda una y otra vez, citando dichos versos–, desde Villalba al Monasterio de El Paular, atravesando los puertos de Navacerrada y los Cotos y, de vuelta, por la Granja y el Reventón.





Todo ello -la impresión de estas telas y el escaso tiempo- me impidió visitar a mis clásicos de El Prado.
Uno de ellos es el cuadro de Patinir "El paso de la laguna Estigia" (que, cuando yo puse por primera vez los pies en ese Museo, estaba casi a la entrada, y ante el que siempre me detenía).
Pero hete aquí que me llega....

El azul del infierno, de Carlos Barral: un breve tomito en el que al poeta se le encargó urdir un relato sobre o inspirándose en el lienzo de Patinir, allá por 1989, a finales de año, justo un mes antes de que el poeta-editor muriera.

Así que estos días también he viajado a ese azul (más luminoso que infernal) gracias a Carlos Barral. Y no me importa que el relato haya quedado inconcluso.





Me bastan las palabras (iluminadas o completadas por las propias anotaciones del autor, en una especie de "Making off" -para entendernos- o Diario o Cuaderno de Bitácora, que se reproduce en el tomito). Párrafos como

El amanecer sería gris, lleno de nubes y agujeros amarillos y grandes lamparones rosados, siempre es así en aquella costa, al menos cuando yo tengo insomnio y sobre todo si no he bebido. Cuando he bebido es mucho más oscuro.








P.S. Ilustraciones de mi hijo Nico.